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Las mujeres tienen mucho cuento

11,80 €

Ficha

Autor: Margarita Espuña
Género: Cuentos
Dimensiones: 220 x 120 mm
Encuadernación: Rústica
Isbn: 84-932586-3-6

Sinopsis / Información

Las mujeres tienen mucho cuento es un libro de mujeres (ellas son las protagonistas de estas maravillosas historias), pero no sólo para mujeres. En estas páginas conviven estrechamente con los hombres: sufren por ellos, se ríen de ellos, aman con ellos y mueren por ellos. ¿No es así la vida?

Pasan por las hojas hablando, llorando, riendo, haciendo el amor, escribiendo, mintiendo y confesando. Al final, se han enredado entre ellas por culpa de un mechero y han hecho lo que les ha dado la gana, como acaban haciendo siempre.

Margarita Espuña sabe que hombres y mujeres estamos, afortunadamente, condenados a convivir. Nunca un puente ha sido tan oportuno y agradable de cruzar como el que ella nos tiende. Puede que al final no lleguemos a entendernos, pero sí estamos seguros de que, en cualquier caso, disfrutarás con este magnífico libro.

Margarita Espuña

Margarita Espuña es licenciada en Antropología, periodista (ex corresponsal de El Periódico de Catalunya) y comentarista de la revista Aquí del Baix Llobregat. Además del libro de relatos Las mujeres tienen mucho cuento (DIFÁCIL, 2003), y la novela Tres tazas de café (DIFÁCIL, 2005), ha publicado otra novela: Las orillas del Sena (2001) y un libro de testimonios de eutanias en España: Morir por amor a la vida. Actualmente imparte clases de escritura creativa en el Centro Cultural García Nieto de Cornellá. margesp@arrakis.es

Espino blanco

 

Termina de secarse el pelo y mira el reloj. Falta poco para la una de la madrugada. Su hora mágica. Eloy tiene un rato tranquilo en la residencia El Ocaso de los Dioses para llamarla. Pone el televisor, enciende un cigarrillo y se acomoda en el sofá.

 

Ninguna de estas acciones la tranquiliza. Vuelve a consultar el reloj. Coge el mando del televisor y recorre los diferentes canales; no consiguen atraparla. Natalia cierra los ojos e intenta abstraerse de todo.

 

Podría ser, por qué no. La repetición de la historia: ella confía, ellos la traicionan.

 

Otras veces, la ausencia de una llamada había sido la confirmación de un engaño. Es posible que, esta noche, Eloy no la llame.

 

Muchas veces se ha preguntado el porqué de su infortunio en las relaciones. Ella entiende a los hombres, pero no consigue nunca lo que quiere de ellos. Ellos, por su parte, no la entienden, pero consiguen siempre lo que quieren de ella. Tal vez esto le ocurra a todo el mundo. Tal vez ésta sea la clave de la incomunicación entre hombres y mujeres, eso que hace tan difícil el lenguaje del amor. Es su eterna historia.

 

La ansiedad no le permite relajarse. Decide hacerse las uñas, aunque sea con la luz del salón. Coge el estuche de la manicura, que guarda en el primer cajón de la cómoda, y empieza a recortar las cutículas. Se daña a los pocos segundos. El dedo meñique se queja de su brusquedad. Se lleva el dedo a los labios y succiona la sangre hasta que corta la hemorragia. Continúa llevándose los dedos a la boca, succiona uno por uno. Primero los de la mano izquierda, después los de la mano derecha. Siente placer en ello, y una punzada de inquietud. Se mira las manos. Dedos finos, palmas estrechas, manos de temperamento sensible, le han dicho. Manos preciosas y delicadas, le dice Eloy. Se estremece.

 

No debería haberle puesto a prueba. Nuevamente el mismo error; ahora le perderá por su estupidez. Cuántas veces se ha propuesto no examinar a nadie para que no la defrauden.

 

Desiste de la manicura y sale a la terraza. Hace calor, aunque es mayo. Contempla los árboles del jardín. La noche es muy clara. El castaño de Indias ha conseguido arraigar, a pesar de que éste no es su clima. Ve corretear al gato del vecino por su piscina. «No respeta territorios», piensa, «pero no teme las consecuencias, no piensa en el peligro, no le dañan las mentiras.» Vienen a su memoria otras noches, algunas mágicas, otras muchas solitarias. Entra en la cocina y se prepara un Martini solo, sin hielo, como le gustan a Eloy.Regresa al salón, se tiende en el sofá y coge el libro de Cleopatra. Pasados unos minutos, deja que se deslice hasta el suelo. La historia egipcia le parece un sin sentido. Apura la bebida, enciende otro cigarrillo. Recuerda su conversación con Eloy pocas horas antes:

 

—¿Me llamarás después?

—Sí.

—¿De verdad vas a contárselo todo esta tarde?

—Sí, lo haré.

—¿Le dirás que estás enamorado de mí?

—Sí, ya te lo he dicho; hablaré con ella.

—¿Me llamarás a la misma hora de siempre?

—Como cada noche. A la una. Después de la primera ronda de visitas.

 

Mira el cenicero: lleno de colillas, las suyas y las que él ha dejado esa misma tarde. Ha olvidado un encendedor. Es una rana.

 

Se quita el reloj de la muñeca. No volverá a mirarlo. Todavía faltan unos minutos para la una. Alarga el brazo y lo deposita en la mesa, junto al encendedor, fuera del alcance de su vista. Se acurruca, busca una postura cómoda. El teléfono asido entre sus manos, junto al oído derecho. Cierra los ojos, se adormece…

 

El reloj de la iglesia la despierta bruscamente. Está dando las horas: una, dos, tres, cuatro. «Son los cuartos», piensa. «Uno, dos, tres…: las horas». El engaño se ha consumado. Natalia sabe, en ese momento, que Eloy no volverá a llamar.

 

Ortiga blanca

 

«¡Vaya casa me ha dejado! Mucho señorío y mucha tontería, pero es una guarra. Será muy leída, pero yo tengo que recogerle las bragas del suelo. La tía no se corta ni un pelo. Lo deja todo por el medio, y ¡ale!, ya vendrá la Ernestina a limpiar. Y la procesión de hombres que trae a casa, ésa es otra. No, si las hay con suerte; y no como una, que anda todo el día sacando la mierda de todo el mundo. Ya me gustaría a mí verla con mis problemas. No arreglaría ni uno.

 

»Sólo me faltaba el Dagoberto en casa. Colgao como siempre y tocando los huevos a todo el mundo. Sin trabajo y sin dónde caerse. ¡Ale!, a casa de la Ernestina, que allí siempre hay un plato. Suerte que Constancio tiene paciencia, el pobre, porque no todos los hombres aguantarían a un cuñado en casa a pan y cuchillo. Mañana tendré que ir a la asistenta social, a ver si esta vez me hacen caso y me dicen dónde puedo colocar al desgraciado de mi hermano.

 

»Toallas mojadas, los jabones saliéndose, la pasta de dientes desparramada… ¡Anda ahí! Si, en vez de ducharse, parece que se llene el baño entero de agua para nadar. Esta tía no sé qué se cree que soy yo. No acabaré en todo el día.

 

»Si es que el pobre ya nació con desgracia: ogino, para cabreo de mi madre, que se lo dijo todos los días hasta que murió: ‘Niño, tú no tenías que haber nacido’. Pobre Dagoberto; lo dejaban solo en casa desde bien pequeño porque se iban a trabajar. Se lo hacía todo encima, hasta de mayor. Luego, cada vez que se ponía nervioso, se iba al lavabo y meaba la tapa. Y aún lo hace; él dice que no, que es que no le da tiempo, pero yo creo que lo hace aposta, para jodernos a todos por ser un estorbo. Y con esas orejas de elefante. Le amargaron en el colegio. Todos le llamaban Dumbo. Si tuviera dinero, le pagaría una operación de esas que hacen ahora, que lo arreglan todo.

 

»Raro siempre ha sido. Sólo faltó que mamá le encontrara las zapatillas rojas con lentejuelas, escondidas en lo alto del armario. Y encima lo pregonó por el pueblo. Entre eso y las sábanas, que ponía cada día en el balcón para secar los meaos…, ya no hubo forma de casarlo; y mejor, la verdad. Me da a mí que éste no hubiera cumplido. Luego el trabajo aquel, donde dijeron que lo habían pillao con todo al aire mirando al jefe, por la mirilla del water, mientras meaba. Sí es que es un desgraciao. Y ahora el parche en el ojo y la baja de por vida. Mala suerte la suya, mira que ir a caerle una chispa de soldadura. No hará nada bueno. Y eso de que siempre quiera quedarse en casa cuidando del Juanito… Que pa mí que también ha salido rarillo el crío. Si es que los pobres no tenemos más que problemas y problemas…

 

»Ésta no ha dormido en la cama; ni la ha tocado. Habrá pasado la noche en el sofá, porque el salón lo ha dejado de miedo. Vete a saber qué habrá hecho toda la noche la señora. Hay trastos por todas partes. A ver qué lee…: Cleopatra. No, sí ya digo: se cree una reina. Ya lleva el nombre: Natalia; que anda que no es cursi. Leerá a Cleopatra para copiar alguna pócima de amor. Porque hombres por aquí desfilan muchos, pero lo que se dice pillar, no pilla ni a uno.

 

»Y ahora de baja para siempre, sin casa. Y lo que yo digo, a ver qué voy a hacer con él, el pobre. No voy a dejarlo tirado. Si no es malo, lo que pasa es que no sirve para nada. Y tanto decirle que no tenía que haber venido al mundo, se lo ha creído y no sabe dónde colocarse.

 

 

»¿Y este mechero? Es una rana. Pues se lo voy a chorizar; con la de cosas que tiene, seguro que no se da ni cuenta. Se lo regalaré a Jonás, el pescadero, que siempre me arregla el precio. Cuando termine aquí, me paso y compro un par de kilitos de lenguado, que a Dagoberto le gusta mucho. El pobre…

 

»Y a mí, la espalda me está matando de tanto agacharme a recoger trastos de la tía esta.»Romero Sara viene a buscarme todas las tardes y me llama desde el umbral de la puerta.

 

—¡Elsa! ¿Me acompañas?

—Sí —le respondo.

 

Bajo la escalera y le beso las mejillas.

 

Ambas sabemos adónde vamos. Andamos despacio y apenas hablamos, simplemente cuando es necesario; es decir, cuando encontramos a alguien y nos saluda. Ellos también saben… Todos saben dónde vamos.

 

Suspira de vez en cuando, como una anciana, pero no lo es. Se ha convertido en una mujer frágil; sólo eso, frágil.

 

Conoce bien el camino porque lo recorre cada día. Antes de que yo llegara, iba sola. Hablamos poco y andamos mirando el suelo, sorteando las piedras. A veces, algún comentario banal.

 

—Qué tarde tan bonita.

—Sí, no hay nubes. Hace calor.

—¿Qué has hecho hoy?

 

El pueblo va quedando atrás. Cuando llegamos, abre la verja. Chirría. Siempre pienso que alguien debería poner aceite, aunque después rectifico… No sería lo mismo.

 

El silencio es tranquilizador. Nos acercamos a la lápida. Mira la fotografía de José Miguel, besa el cristal, deja sus labios marcados, el vaho de su aliento lo empaña.

 

Me aparto de Sara, la dejo hacer. Reposo mi cuerpo en el suelo, sobre la gravilla que cubre las antiguas tumbas. Boca arriba, coloco las manos sobre mi estómago y acompaño la respiración. Inspiro, lleno el estómago de aire, después lo dejo ir, despacio. Cierro los ojos y me relajo, mientras ella sigue su ritual. Hoy pienso en Carolina: he recibido una carta suya, pero no la he abierto. La leeré cuando vuelva a casa. Sus cartas son largas y hay que leerlas con atención, porque son como ella, un mundo lleno de historias increíbles.

 

Qué distintas somos las mujeres unas de otras, y todas andamos como locas detrás de alguna cosa y sin mirar lo que tenemos alrededor. Desde que decidí volver al pueblo, medito mucho sobre todo ello. Mi vida ahora es tranquila, sin sobresaltos. Vivo como quiero vivir, a solas conmigo. Dicen que, cuando un hombre se divorcia, lo hace porque ha encontrado a otra, y que cuando se divorcia una mujer, es porque se ha encontrado a sí misma. Creo que ése es mi caso. Desde que supe quién soy, he preferido estar sola, conmigo. Aquí todo es distinto, esta paz…

 

Oigo llorar a Sara y permanezco callada. Abro los ojos y contemplo las cimas de los cipreses: se mecen con el viento. No me gustan los cipreses. La sombra del ciprés es alargada… recuerdo.

 

Trajina con los cubos del agua, riega las flores de la tumba. Suspira. Pasados unos minutos, vuelve a buscarme.

 

—¿Vamos?

—Cuando quieras.

 

Mientras regresamos a casa, Sara me cuenta la historia de siempre; me la sé. Ella sabe que la sé, pero me cuenta…

 

—Pobre hijo mío. Cuando me llamaron…, lo supe. Supe que estaba muerto.

»¿Por qué tenía que estar allí en ese momento? ¿Por qué tuvo que pasar el camión?Si no le hubieran mandado ir… Si no hubiera sido tan bueno… Siempre decía que sí.

 

La dejo que hable. Nunca la interrumpo, escucho. No la consuelo. Nunca le digo que se anime. Tampoco que olvide. La dejo lamentarse. Saca el pañuelo arrugado del bolsillo de su bata una y otra vez, se seca las lágrimas y lo vuelve a guardar. La cojo del brazo. Algunas veces le beso la mejilla, me encuentro con sus lágrimas. Es un paseo íntimo de las dos. Recorremos el camino hasta donde ella quiere ir: el camino hasta donde su hijo duerme, y el camino hasta donde su dolor la lleva.

 

El sol se pone cuando llegamos a casa. Los campos están amarillos, la sierra brillante y roja. Sara está relajada; yo, también.

 

Nos despedimos en la puerta, me mira, sonríe. También le sonrío.

 

—Hasta mañana, Elsa —me dice.

—Hasta mañana, Sara.

 

Subo a casa. Me preparo una infusión, salgo a la terraza y abro la carta de Carolina.

 

Tilo

 

«Hola Elsa:

 

»Te escribo desde el hospital. No te asustes, no estoy grave; tengo los dos tobillos rotos y he tenido que quedarme ingresada porque no puedo andar ni con muletas ni con nada. Ahora te cuento por qué se me han roto los tobillos, pero tengo que empezar desde el principio.

 

¿Recuerdas a Jonás, el pescadero? Te hablé de él este verano. Pues ése. Me hacía sonrisitas y miraditas cuando iba a comprar pescado. Al volver en septiembre, de vacaciones, parecía que me estaba esperando. Más sonrisitas que nunca, más miraditas. Total, yo, que ya sabes lo que me aburro ahora que estoy en el paro, no me acababa de creer que el tío quisiera rollo, y me pasaba todos los días por la pescadería hasta que Atanasio me dijo que estaba hasta los cataplines de tanta sardina y tanto mejillón. Así que, sin excusas para ir a la tienda, una mañana le dejé caer al pescadero: ‘¿No tendrás algo mejor que ofrecerme que lo de siempre?’ Picó enseguida. ‘Lo mejor que tengo no te lo puedo dar aquí’, me dijo, en un tono que no dejaba dudas.

 

»Entonces quedamos en vernos en Barcelona, donde nadie nos conociera y nos pudiéramos achuchar. Y, así, empezamos.

 

»Me invitó a cenar varias veces. Yo no paraba de inventarme cenas y salidas con mi amiga la Nieves con la excusa de su depresión. Atanasio, ya sabes, no se entera de nada.

 

»Después vino lo de la Casita Blanca, que es un sitio donde van las parejas; imagina para qué. A mí, Jonás, tampoco creas que me dejaba muy satisfecha; se iba enseguida, como todos. Pero me hacía ilusión por las cosas que me decía y por tener una aventura, como en las películas.

 

»La cosa fue perdiendo interés, porque Jonás se quejaba de que no podía gastarse tanta pasta en cenas y camas, y nos fuimos enfriando, aunque yo no había perdido la ilusión.

 

»Y ahora viene el lío de los tobillos. Fue el viernes. Resulta que Jonás hacía un montón de días que no me llamaba, y me fui a verlo a la pescadería. Estaba solo y tenía un día bueno. Cuando me vio entrar, se puso tierno enseguida, y me dijo que si quería ver el besugo tan hermoso que tenía. Yo, a lo primero, no le entendí, porque lo que quería era enseñarme el besugo en la cámara de la tienda. Le seguí y nos metimos en la enorme nevera. Allí se lanzó como un loco, estirándome la ropa a lo salvaje. Y lo hicimos. Bueno, lo hizo él, porque yo, con tanto frío, y cajas por el suelo y sardinas y merluzas con mirada vidriosa que no nos sacaban los ojos de encima, no me enteré de nada.

 

»Además, en las películas queda muy bien eso de hacérselo de pie y de cualquier manera, pero la verdad es que fue poco romántico. No podía apoyarme en la pared, porque se me pegaban las carnes del trasero, con celulitis y todo, en el hielo de la nevera. No sabía cómo ponerme para aguantar sus empujones sin caerme, y todo eran codos, rodillas y enredos. Además, no estaba depilada.

 

»Lo peor fue que, en plena faena, entró una clienta en la tienda y empezó a llamar a Jonás, con lo cual tuve que quedarme, esperándole, muerta de frío, hasta que le puso el pescado. La tía se llevó dos kilos de lenguados, limpios y todo, o sea que imagina el rato que estuve dentro de la cámara y el resfriado que pillé.

 

»Bueno, a mí aquello no me gustó mucho, pero le vi la aventura y no me enfadé con Jonás. Luego, tuve que ir corriendo a la farmacia a pedir alguna cosa para no coger nada raro: de sífilis o algo así, porque, con las prisas, no se puso el chubasquero ni nada, que era lo que él quería, y a mí me da mucho miedo todo eso. A más de una la han pillado por un descuido así. En la farmacia, entre la cara de traspuesta que tenía y lo fuerte que pedí ‘un medicamento para las enfermedades de retransmisión sexual’, todo el mundo se me quedó mirando. Piensa que esto es un barrio y todos nos conocemos. Fue horroroso. Pero no me rompí los tobillos por eso.

 

»Por la tarde, al salir del súper, pensé en pasarme por el bar a tomar un quinto antes de irme a casa. Hasta ahí, nada. Me senté tan tranquila en una mesa a beber la cerveza y leerme el Pronto cuando, de repente, veo entrar a Jonás. Me dio un pálpito, como siempre que le veo por sorpresa. El tío coge, pasa por mi lado, sin saludarme siquiera, y se sienta en otra mesa con la cajera del supermercado, que acababa de cerrar. Me quedé de piedra, pero, después, fue peor, porque hablaron de que iban a bailar. Yo quieta, parada y muerta. No me lo podía creer. El muy cabrón se lo había hecho conmigo un rato antes y luego queda con otra y ni me saluda. Te lo juro, Elsa: porque estoy casada, y ya sabes que las casadas no podemos hacer lo que nos da la gana, que si no, les armo un pollo allí mismo que se enteran los dos. La cajera, no creas, no vale un pepino. Es joven, delgada, rubia y tiene el pelo largo, pero, por lo demás, no hay color conmigo. Es poca cosa para Jonás, fijo que duran poco. La cuestión es que, después de un buen rato de ja ja ji ji…, los dos se fueron juntos tan ricamente, sin que el tío me mirase ni un momento. Imaginarás cómo me puse. Allí, como una idiota, mirándoles, y encima con retorcijones en la barriga por culpa de las pastillas que me habían dado en la farmacia. Entonces decidí vengarme.

 

»Tenía un encendedor que él me había regalado. Bueno, no me lo había regalado, se lo pedí para tener un recuerdo suyo, pero a él le gustaba mucho. Era pequeño y verde, con forma de rana. Se lo dio la clienta de los lenguados, y cuando me lo llevé, me dijo que, cuando me cansara de tenerlo, se lo devolviera. Decidí deshacerme del encendedor y tirarlo al contenedor de la basura. Salí del bar, me fui al que tengo cerca de casa, abrí la tapa y, ¡zas!, tiré el encendedor y me quedé tan ancha. Lo habían vaciado y pude oír muy bien cómo caía hasta el fondo. Ya sabes que soy muy impulsiva y que hago las cosas sin pensar demasiado.

 

»Pues, cuando me acosté, no paraba de darle vueltas al encendedor. Pensé que me había pasado con una venganza tan fuerte, que no se lo merecía, que la culpa de todo la tenía la idiota del súper y que él se enfadaría mucho cuando se lo contase. Se lo tenía que contar, porque, si no, no servía la venganza. O sea que a las doce de la noche no pude más y tuve que ir en busca del encendedor.

 

»Atanasio roncaba y no le di explicaciones para salir de casa a esas horas. Me puse una chaqueta encima del pijama, y cogí el coche, porque tenía que subirme al capó para poder llegar al fondo del contenedor: ahora son enormes. Así lo hice.

 

»Aparqué bien pegada y me subí al capó. No pasaba nadie por la calle. Después de abrir la tapa, con la linterna, pude ver dónde estaba el encendedor. Todavía no lo habían cubierto con ninguna bolsa de basura. Me incliné y me incliné hasta perder el equilibrio y caerme dentro como una bendita, y con tan mala suerte que me rompí los dos tobillos. No puedes imaginar el mal rato que pasé llorando y gritando para que alguien me sacara.

 

»A Atanasio le despertó la guardia urbana diciéndole que yo estaba en el hospital. Tuve que contarle que había ido al contenedor a mirar en una bolsa porque me parecía que había tirado una cuchara buena del juego que nos regaló su madre.

 

»Una vecina ha venido a verme y me ha dicho que todo el barrio habla de la pobre Carolina, metida en un contenedor a la una de la mañana.

 

»Y aquí estoy, con los pies en alto y moratones por todas partes. Jonás no ha venido a verme, y con el jaleo de ambulancia y guardia urbana, vete tú a saber dónde estará el encendedor.

 

»Haz el favor de no decir nada por el pueblo, porque bastante tengo con el ridículo que he hecho en el barrio. Cuando me encuentre mejor, te volveré a escribir.

 

»Un beso de tu amigaCarolina»Flor de Bach

 

Empieza a hacer demasiada calor para llevar el uniforme. Azahara se afloja la corbata. Le gusta ir vestida como un hombre, aunque sea de guardia urbana, pero ahora preferiría ponerse cómoda para relajarse.

 

Entra en las dependencias municipales de la calle Olmos Alegres, de La Palma de Cervelló, y empieza a escribir el parte de la noche. Ella cumple siempre con su deber, lo primero es lo primero. Por algo le han dado la medalla de honor a la disciplina y la responsabilidad.

 

Recuerda el encendedor que ha guardado en el bolsillo del pantalón. No debería haberlo cogido, pero no ha podido resistir la tentación de guardárselo. Es muy bonito, una rana. Con el ajetreo de sacar a esa tía del contenedor, su compañero no se ha dado cuenta de nada. Se hubiera muerto de vergüenza si la hubiera visto. Pero no, nadie se ha dado cuenta de ese pequeño desliz.

 

Qué zumbada está la gente: meterse en un contenedor para buscar una cuchara. ¡En fin!… Y, encima, la cuchara no apareció por ninguna parte. La tía esa está como una chota…

 

Termina el parte. Tiene dos horitas para sentarse en su mesa y escribir lo suyo. Azahara siempre ha sabido que, con ese nombre que le puso su madre, lo suyo es escribir; pero escribir de verdad, no partes de incidencias. Pero este trabajo es muy bueno, es un trabajo serio. La gente la respeta, y a ella eso le gusta.

 

Lleva escritos varios años de sus memorias, ahora andará por los seis o siete, cuando ocurrió aquello. Y cuando llegue a los de ahora, lo publicará. Ninguna editorial podrá resistirse a su manuscrito. Es genial.

 

Se sienta a su mesa, saca el tabaco, el encendedor de la rana, abre el ordenador y continúa escribiendo su autobiografía:

 

«Papá me quería mucho, hasta que ocurrió aquello.

 

»El autobús azul llegaba siempre a la misma hora. Aguardaba sentada en el portal de casa, desde allí veía cómo el coche de línea entraba en mi calle. Paraba a pocos metros, pero me demoraba en levantarme para que papá descendiera por la escalera, entre los pasajeros. Siempre era el segundo o el tercero en salir. No era lo mismo quedarme sentada hasta verle bajar que esperarle en la parada del autobús. Era mejor, aunque me impacientara, aguantar quieta, porque, entonces sí, podía correr hasta él y lanzarme a sus brazos en estampía. Papá olía a papel de periódico y bocadillo. Me ponía de puntillas y acercaba mi cara a su barba rasposa buscando el frote enérgico: dos en cada mejilla, que me dejaban roja y feliz como una amapola. Algunas veces, a papá se le caían las gafas de tanto rozarme la cara.

 

»Y ese abrazo fuerte fuerte…

 

»Él abría la bolsa de plástico que utilizaba por las mañanas para llevar el almuerzo y la fiambrera con la comida y una servilleta, un cuchillo y un tenedor, y de ella sacaba las patatas fritas, de churrero, que me compraba en Barcelona y que iban en bolsas de colores, aunque siempre diferentes. Teníamos que esconderlas para que no las viera mamá.

 

»Nos cogíamos de la mano y andábamos hasta casa. Ése era el mejor momento del día. Sólo unos minutos para mí sola. Me atropellaba contándole: ‘hoy las monjas me han castigado porque…’. Él me miraba y sonreía bajo el bigote, escuchando mis problemas de colegio. ‘¡Qué habrás hecho!, ¡ qué habrás hecho!’, murmuraba.

 

»Llegábamos a casa y, entonces, todo cambiaba. Él se malhumoraba, siempre había algún motivo: ‘Casi no he podido comprar nada para la cena y debemos dinero al pescadero’, decía mamá. ‘Yo no tengo lápices de colores para pintar’, se quejaba mi hermana. ‘Ni yo un vestido para la fiesta’, decía la otra.

 

»Papá se iba a la habitación y dejaba la chaqueta, con olor a periódico, y el bocadillo. Se quitaba los zapatos y se ponía las zapatillas de cuadros.

 

»Yo recogía los deberes desperdigados por la mesa del comedor para poner los platos y los cubiertos. A él siempre le ponía el vaso que no estaba desportillado.

 

»Cuando nos sentábamos a la mesa, papá tenía cara de enfado; bueno, no de enfado, de preocupado o de mal humor… Yo era la única que le comprendía.

 

»Trabajaba muchas horas con los camiones: se iba a las seis de la mañana y no regresaba hasta las nueve de la noche. Comía de bocadillo y fiambrera, todo frío, y cuando volvía a casa no oía más que lamentaciones.

 

»Los fines de semana también trabajaba: con su camioneta vieja llevaba a los vecinos a la playa por las mañanas y los recogía por la tarde. Algunas veces, en invierno, iba al pueblo a buscar huevos y los vendía entre los conocidos.

 

»Sólo pensaba en ganar dinero para nosotras, bueno, para ellas, porque yo no le pedía nunca nada. Que si zapatos, que si libros y cuadernos, o la comida del mercado. Para él no había que comprar nada. Siempre llevaba las mismas camisas, con los cuellos gastados, y los calcetines con muchos remiendos. A veces, con agujeros. ‘Pobre papá’, pensaba yo.

 

»En las vacaciones de verano, nos íbamos todas al pueblo en un autocar de línea, y él se quedaba porque tenía que trabajar. Yo no podía soportar ese momento en el que él nos decía adiós con la mano, andando hacia el autobús azul. Lo hacía de espaldas, sin mirarnos. Sabía que papá lloraba, y yo lloraba también, todo el camino, hasta el pueblo, que estaba a cinco horas de casa. Mamá y mis hermanas me decían que era una tonta, pero yo pensaba que, cuando volviera papá por la noche, no estaría esperándole para refregarme contra sus mejillas. Pensaba en él los dos meses de vacaciones: que estaba solo en casa, que tendría que hacerse la cena, que nadie le contaría nada y que seguro que me echaba mucho de menos. Yo era la única que le quería, incluso más que mamá, que se había casado con él porque se parecía a Clark Gable.

 

»Tenía que hacer alguna cosa para ayudarle, para que no tuviera que trabajar tanto y pudiera venir de vacaciones, pero no sabía qué.

 

»Dibujé un castillo para presentarlo a un concurso de la biblioteca, pero no me dieron dinero por el premio, sólo el cuento de La Ardilla Hacendosa. Se puso muy contento, pero no fue suficiente.

 

»Pensé en dejar el colegio y buscar un trabajo, pero en casa dijeron que era demasiado pequeña y que tenía que estudiar.

 

»Llamé a mi padrino de Barcelona, que era rico, y le pedí dinero para comprar una camioneta nueva para que papá pudiera hacer los viajes del domingo más cómodamente y traer los huevos del pueblo. Se armó mucho jaleo, porque se enteraron todos en casa y me regañaron.

 

»Así que no podía ayudar a papá.

 

»Entonces ocurrió aquello. Una noche, mientras esperaba el autobús sentada en el portal de casa, se acercó un señor con gabardina blanca y me preguntó si quería ganarme cinco duros. Dije que sí, porque con cinco duros podría comprarle una camisa a papá. El señor me dijo que tenía que entrar con él a una portería, porque iba a enseñarme una cosa. No quiso encender la luz, y a oscuras, sacó una piel larga de sus pantalones y me dijo que mirase quieta cómo salía leche de allí. Le mire como me dijo.

 

»Después de que el señor tirase y tirase de la piel durante mucho rato, salió una leche rara y amarilla. No sabía que los señores tenían leche, como las tetas de las mamás. Pensé que, quizá, papá también la tendría, pero enseguida me di cuenta de que no. Sólo serían algunos hombres, no todos. Cuando terminó, se abrochó los pantalones y me acarició la cara. Me dijo que lo había hecho muy bien, me dio los cinco duros y se marchó.

 

»Corrí hasta casa; papá ya había llegado y me buscaban. Mostré el dinero orgullosa: ‘He trabajado y me han dado esto’, dije.

 

»No entendí por qué se enfadaron todos, por qué salieron de casa explicando a los vecinos lo del señor de la leche y hubo tanto alboroto. No sabía que mirar cómo salía la leche de un señor fuera una cosa tan mala. De nada sirvió que yo les contara que me había gustado. Vino un policía con un uniforme muy bonito para hablar con papá. Papá dijo: ‘Suerte de estos señores que velan por nosotros’. Tuve que explicar una y mil veces lo que había pasado, confesarme y rezar mucha penitencia. Pero lo que menos comprendí fue por qué papá se enojó tanto y me prohibió esperarle nunca más en la calle.

 

»Los cinco duros quedaron guardados en la hucha de ahorros, que era un perro de plástico amarillo. No dejaron que comprara la camisa.

 

»Ese día perdí los abrazos fuertes, los restregones en las mejillas, las bolsas de patatas fritas. No volví a contarle nada de lo que me pasaba con las monjas, porque no sabía si también sería algo malo y volvería a enfadarse. El autobús azul llegaba siempre a la misma hora, pero yo esperaba a verle llegar asomada a la ventana, no me lanzaba a sus brazos. Me comportaba como me había dicho: ‘como una niña mayor que no anda sola por la calle, ni corre como un potrillo cuando llega el autobús’.

 

»Pero yo quería tanto a mi papá…»

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