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Hilos sueltos

12 €

Ficha

Autor: Fernando Menéndez
Género: Aforismos
Páginas: 100
Encuadernación: Rústica

Sinopsis / Información

Hilos sueltos es la brillante suma de los aforismos del autor y los de otros autores que se iluminan y contradicen constantemente para gozo del lector, que encontrará en este libro una fuente inagotable de reflexión y revelaciones poéticas.

Las Notas sobre el aforismo, de José Ramón González, que preceden al texto son, sin duda, una aportaciónfilológica definitiva para todos aquellos que quieran acercarse a este singular género

Fernando Menéndez

Fernando Menéndez (Mieres, Asturias, 1953) el licenciado en Filosofía por la Universidad de Salamanca. Participó en la fundación del grupo poético Aeda, cuyo primer número apareció en 1978. Allí publicó La marea, serie de brevísimas composiciones poéticas de corte minimalista y existencial. Formó parte del colectivo salmantino Orilla izquierda. Su doble vocación de escritor y grafista le ha llevado a publicar, en limitadísimas tiradas, libros primorosos en que ha utilizado delicadas técnicas artesanales —collage, acuarela, tinta, etc.— e incluso su propia caligrafía: 39 haikús, Caligrafía en el horizonte y Aguamarina son un buen ejemplo. También ha recogido en una antología—Biblioteca interior (2003)— los aforismos de los más importantes cultivadores del género, en que él también destaca (Dunas, 2004).

ENTREVISTA DE JOSÉ LUIS ARGÜELLES EN LA NUEVA ESPAÑA

«El aforismo aspira a ironizar y a que el lector reflexione sobre la vida» «Mis formas literarias tienden al poema breve, a la condensación, a la desnudez y a la ambigüedad, lo que me ha llevado a una estética próxima al silencio» El poeta y escritor asturiano Fernando Menéndez (Mieres, 1953) acaba de publicar «Hilos sueltos» (Difácil), una suma de aforismos propios y ajenos con la que el también profesor de Filosofía abre una caja de ecos y resonancias que permite comprobar el sugestivo poder de esta forma breve, en la que el estilo se convierte en estilete. El libro incorpora unas imprescindibles «Notas sobre el aforismo», un muy acertado estudio en el que el profesor de la Universidad de Valladolid José Ramón González sintetiza, apoyado por una amplia bibliografía, algunas ideas sobre un tipo de escritura que, según afirma, «parece resistirse tercamente a cualquier intento de caracterización». Con esta entrevista a Fernando Menéndez tratamos de mirar por una ventana a la que cada vez se asoman más autores y lectores. —¿Qué es para usted un aforismo? —Es una frase que compendia en un breve giro de palabras el resultado de reflexiones, observaciones y experiencias. Además es un perfecto mecanismo expresivo que establece un equilibrio entre la elegancia y la sustancia del pensamiento. El aforismo aspira a ironizar y hacer reflexionar al lector sobre las cosas mínimas y grandes de la vida y se muestra envuelto en la elegancia y la ambigüedad del escrito. La estructura del aforismo es del todo particular; en su aparente simplicidad goza de una máxima densidad conceptual y poética. Una mínima brevedad formal, austeridad y desnudez caracterizan esta forma breve que pretende conciliar cosas inconciliables: la riqueza y la profundidad del significado con la concisión del significante. En consecuencia, el aforismo concilia lo particular con lo universal, la subjetividad y la universalidad. Sus temas son el lenguaje mismo de la poesía, el hombre y su relación con el mundo, por eso los escritores de aforismos son escritores de meditaciones, donde pensar y poetizar son el ejercicio mismo de la interrogación del hombre en su interioridad y su exterioridad. —Hay quien confunde la máxima con el aforismo. Algunos estudiosos afirman que el «Diccionario de la Lengua Española» mezcla, erróneamente, ambos términos al atribuir al segundo, también, el carácter de sentencia o regla doctrinal. Yo creo, sin embargo, que el buen aforismo tiene más de fogonazo lírico que de adagio moral. Me gustaría conocer su opinión. —La confusión surge de varios enunciados sobre la máxima y el aforismo a través del tiempo, que sería largo de detallar en esta entrevista. Hoy en día se les encuadra como formas breves dentro de la escritura fragmentaria. Tenemos que pensar que la fragmentación tiende a la versión aforística desde Baudelaire, Rimbaud, algunos surrealistas, o Char, por poner sólo algunos ejemplos. Quiero decir que los poetas, como los moralistas, incluyen en el ejercicio poético la interrogación moral. Puede que estas formas breves sean a la postre una conjunción de la literatura y de la filosofía. No debemos olvidar que las cualidades del aforista deben ser la densidad, la ironía, la inteligencia, la fuerza ambigua o la marginalidad nutrida de paradojas. Todas ellas razones de ser para la literatura y el pensamiento estrictamente filosófico. —El gran aforista que es Cristóbal Serra afirma que el aforismo tiene «más de desaforado que de razonable». Y añade: «Como no tire a cómico, el dicho no será aforismo». ¿Está de acuerdo? —Pienso que lo que dice Serra es una opinión más dentro las demasiadas opiniones diferentes de los muchos aforistas que han existido y existen. —Pese a Gracián o a autores como José Bergamín y Gómez de la Serna, cuyas greguerías tanto tienen que ver con la tradición en la que se inscribe el aforismo, los escritores españoles han sido remisos, a diferencia de lo que ocurre en otros países de nuestro entorno cultural, a las llamadas formas breves. ¿Por qué? —Es difícil contestar a esta pregunta. Es cierto que después de Gracián no hay casi ejemplos de aforistas y que sí los hubo en otros países como Alemania, Francia e Italia, por cierto, países con más libertad para escribir, pensar o tratar temas sobre las sociedades en las que han vivido esos escritores. Otra razón puede ser que al aforismo no se le ha dado el tratamiento adecuado académicamente y editorialmente? Imagino que puede haber muchas otras razones. —En el magnífico prólogo que José Ramón González ha puesto a su libro, el profesor de la Universidad de Valladolid afirma: «Podríamos hablar entonces del aforismo como expresión de un pensamiento nómada o trashumante, o de un pensamiento fluido, líquido, no acumulativo». Y más adelante: «Los aforismos vienen a ser una suma de instantes, y en este sentido, la escritura aforística se aproxima a la escritura autobiográfica o a la escritura diarística». Son dos opiniones que me parecen inteligentes porque aciertan con el núcleo del asunto: el aforismo como escritura fragmentaria y escritura del yo. No sé si comparte también esta opinión. —Pienso que el profesor José Ramón González acierta en sus opiniones después de haber consultado una bibliografía muy extensa. Se comprende también que el aforista, cuando escribe, deja escrita su relatividad, subjetividad, ironía? Partes de sí mismo, de su yo, a la vez que participa de un tiempo histórico y de su mentalidad. —Usted es también autor de una obra poética de línea muy minimalista. ¿Qué relación hay entre sus aforismos y sus poemas? ¿Cuándo sabe que está ante un aforismo o ante un verso? —Mis formas literarias tienden al poema breve, a la condensación, a la desnudez y a la ambigüedad, todo ello me ha llevado a la fragmentación y a la proximidad estética del silencio, al haiku y al aforismo. En cuanto a si sé cuándo estoy a la entrada de un aforismo o ante un poema es cuestión de tiempo, trabajo y disposición puramente literaria el que me decante por un poema u otras formas breves. —¿Qué autores españoles y extranjeros de aforismos le interesan y por qué? —Entre los autores españoles que siempre me han interesado quiero destacar a Juan Ramón Jiménez por la belleza de su escritura y sus obsesiones; a Bergamín por su contundencia e inocencia; a Joan Fuster por su fuerza y sinceridad, y a Carlos Edmundo de Ory por su ironía y poesía. De entre los aforistas extranjeros que me interesan, citaré a Camilo Sbarbaro por su delicadeza y sencillez; a Gesualdo Bufalino por su contundencia y profundidad; a Alessandro Morandotti por su dedicación y escepticismo; a Ennio Flaiano por su sátira y observación; a Louis Scutenaire por su desenfado y, para concluir, a René Char por su poesía y misterio; a Paul Valéry por su profundidad y soledad o a Jules Renard por su juego y desenfado. —Cite un aforismo propio y otro de cosecha ajena que le gusten especialmente. —Uno mío podría ser: «A pie de página, helarme de amor». Y puesto a seleccionar un aforismo de los autores que he citado, estoy pensando en Bufalino: «Ser el único lector de uno mismo. ¡Qué vicio de emperadores!».

Algunas críticas

Hilos sueltos son algo más de ochocientos aforismos, sin secciones, sin agrupamientos: «hilos» y «sueltos».
Bellamente arropado, con la portada de Kiker, anunciadora de un trasfondo pasional, y con el magnífico estudio introductorio de José Ramón González, que muestra nítidamente las borrosas fronteras que separan al aforismo de los modos literarios vecinos (máxima, sentencia, epigrama, adagio, reflexión, refrán…), estilo entre la prosa y el verso, entre la poesía y la filosofía, entre lo claro y lo ambiguo, entre lo certero y lo difuso, entre la verdad y la duda sugestiva.
Fernando viene acompañado de una pléyade de autores, escogidos por él, y nos ofrece así degustar los contrapuntos y constatar las encrucijadas poéticas. Doscientos ocho son aforismos de treinta y cuatro autores, como Bousquet, Bufalino, Gervaso, Spaziani o Mallet, y sólo un puñadito escaso más renombrados, como Valéry o Cioran. La mayor parte, unos seiscientos aforismos, son del poeta asturiano.

¡Nada más fácil de leer, frases breves y al grano! Eso es lo que cabría pensar, pero sólo en apariencia, porque requiere una lectura de continua interpretación y de mirada concentrada y atenta.
Empecé a leerlo como se lee normalmente un libro, golpe a golpe y verso a verso y con cierto ritmo, pero me daba cuenta de que conectaba con unos fácilmente y que otros me resultaban opacos, porque había que cambiar de esquema mental continuamente. Necesitaba pararme y escanearlos. Después de varias páginas, de una masa crítica de formas y mensajes recibidos, empecé a entenderlos en su goteo, concediéndoles distintos valores de gracia, fuerza y modalidad. ¿Qué había pasado?: que había encontrado la clave (mi clave interpretativa). Eran hilos, pero en una telaraña donde iba y venía un artrópodo hilador artista solitario: ¿Fernando Menéndez, con algo de cínico? en el sentido clásico: ¿triturador de la cultura?, algo de epicúreo, algo de estoico, en suma, un hijo sincrético de su tiempo: apegado a un solo lugar, la búsqueda de la belleza, en el naufragio de la vida y el islote de la poesía, entre el absurdo y la esperanza de las pequeñas cosas dotadas de sentido, entre la candidez de mirar el mundo con sorpresa y la vehemencia hacia muy poco —el amor, la mujer, la libertad, la honestidad—, entre el equilibrio de la austeridad y la ley del deseo. Es decir, un completo desorden.

Pero toda esta anarquía, tan contemporánea, por otra parte, queda unificada por un colorido que lo envuelve todo: el escepticismo, en su sentido más certeramente filosófico, porque el escéptico clásico no sigue la anómala variedad pusilánime que se ha cansado de conocer, al contrario, tiene tanta ansía de conocimiento como cualquier académico, aunque repugna como ninguno los momentos dogmáticos, porque es sólo buscador incansable de aquellas pocas verdades personales y directas.
Fernando navega en una agotadora ilusionante búsqueda de la belleza: «No hay nada después de la belleza». Pero la belleza no es la perfección: «Los tontos discuten sobre la perfección del mundo», y, además, no nos engañemos: «El amor, como la belleza, son sencillas nadas».

Desde su aforismo conmensura el horizonte de la muerte, siempre envolvente: «Nadie puede ocupar tu lugar, excepto la muerte». Pero hay aún mayores temores en vida, porque aunque «La muerte no te olvida nunca». «Temo a la soledad metafísica más que a la muerte» y para cerrar el paradójico vivir: «El vacío, con la muerte, se encamina a la plenitud».

Otro polo cardinal de su inquisición crítica lo dirige hacia Dios: a veces un torso materialista de Dios en «Dios sólo existe en la brújula», otras rompiendo el sentido en «Acaso Dios no procede del simio», otras reventando su teología en «De Dios a un monstruo hay sólo un paso» para convertirlo en mundano enigma en «Más conservador que el poder es Dios».
Junto a estos hilos visibles en la trama, muchos dedicados a romper las verdades metafísicas, otros risueños raptos amorosos y cálidas discretas y provisionales esperanzas, junto a pequeñas verdades que denuncian a la explotación, a la estupidez, al político y a la impostura: «Los políticos mienten diciendo la verdad» o «Hoy el arte más que arte es voyerismo».

Y todo, todo, transido de verdadero escepticismo, a veces sólidamente expuesto: «Un criterio: el relativismo crítico», o «Dedicarse a la utilidad de lo inútil», o «El pensamiento contra el pensamiento único», o «Del dolor y la razón nacen los hombres», donde la razón queda asimilada al dolor y viceversa. Fernando como poeta busca la belleza de lo efímero, de lo condensado, del juego entre decir lo mínimo y hacer del silencio la expresión de algún curioso secreto, y reducir el poema a un nombre y éste a un punto y éste a la ausencia, como él mismo dice en uno de sus aforismos. Teniendo siempre en cuenta que «A veces el verso no tiene fondo, sino deseo».
Hay muchas otras interpretaciones posibles; yo mismo constataba no agotarlas. Y si «El hombre está hecho de puntos de vista a los que no puede renunciar», no quiero llevar a ninguna interpretación cerrada lo que allí fluye y prefiero ponerme a salvo porque «La estupidez de un crítico está en su convicción».
José Luis Argüelles entrevistaba a Fernando Menéndez en LA NUEVA ESPAÑA el pasado 21 de octubre, aunque ya un hábil, selecto y sutil blogero lo descubría antes que nadie en: diariosderayuela.blogspot, con un muy fino y bello comentario.
En la literatura filosófico-poética del aforismo habrá que contar en adelante con este autor español de tres libros de aforismos, cuyos «hilos» de ahora están muy a la altura de esos otros autores extranjeros ya consagrados. Puestos a hacer una selección de favoritos, algunos brillarían con la luz de los maestros de la palabra, en Fernando hiperbólicamente concentrada.
Silverio Sánchez Corredera en La Nueva España
He oído hablar de sus ediciones artesanales. De su caligrafía primorosa. De esa vocación amanuense que le lleva a escribir, ilustrar y copiar poemarios que son como pequeñas piezas de orfebre. En tiempos de computadoras, impresiones láser, copisterías y muy asequibles encuadernaciones, Fernando Menéndez posee un inusual temple de monacato, una capacidad de retiro y laboriosidad paciente. Bien quisiera tener uno alguno de esos libros de tan reducida tirada, manuscritos uno a uno, concebidos, ilustrados y hasta cosidos por él mismo. Esos libros que no persiguen el reconocimiento de los suplementos literarios ni tan siquiera un hueco en los mostradores o escaparates de las librerías, sino que constituyen el extraño placer de quien comparte con los más íntimos el fruto en sazón de sus soledades.

Esa es quizás la más atrayente cara de la obra de Fernando Menéndez. Por original y por obligadamente limitada. Pero para quienes no tenemos la fortuna de poseer ninguna de esas piezas únicas, existe al menos la posibilidad de acercarse a su obra poética y aforística a través de las publicaciones al uso. En escasas pero cuidadas tiradas se ha ido cuajando la evolución literaria de este profesor de filosofía a quien tanto afecto parecen profesar sus bachilleres en esa edad difícil en que se hace raro oírles halago alguno hacia los enseñantes. El último libro publicado por Fernando Menéndez es Hilos sueltos, Editorial Difácil, Valladolid, 2008. Una compilación de aforismos propios salpicada por algunos otros de autores clásicos. Uno de esos libros que se pueden leer en una tarde, sí, pero que conviene dejar al alcance de la mano ya para siempre. A sus páginas se llega sabiendo que el autor ha ido volviendo su escritura cada vez más enjuta, más fibrosa, decantándose en sus últimos libros por lo más breve, el aforismo y el haiku. Con ese mimbre estrófico, contenido y paradójicamente ligero, trenza sus obras 39 Haikús (En las montañas / pinceles de la nieve / pintando nubes. // Vuelan vencejos / siluetas de guadañas / talan los bosques. // Releo un libro / la mente está vacía / y todo cambia) y Aguamarina (Regresa mayo / los dientes de león / nievan las calles. // Sobre mis manos / unas ramas de almendro / dejan sus flores.). Con la pauta aforística compone Dunas y, ahora, Hilos sueltos. Viene ésta precedida por un brillante prólogo de José Ramón González, en el que se repasa la historia del género, su etimología grecolatina y sus características primordiales, que no han sido siempre la mismas, y que han variado desde la formulación cerrada y sentenciosa que tuvo en otro tiempo a la ligereza de verso y la vocación connotativa que se le ha dado en la práctica más reciente. Por ahí anda el aforismo de Fernando Menéndez, tan ceñido a la brevedad formal y tan poético que a veces se vuelve haiku casi inconscientemente (Una briznas de hierba / entre las hojas / de un libro usado.), tan pegado al silencio del que viene y al que aspira que apenas si se eleva sobre él (Leer un aforismo para gozar de su silencio. / Escribir callándose. / La palabra es una fuga del silencio.), tan sobrio (El adorno es el suicidio del arte.) y tan calmo en su dedicación a la utilidad de lo inútil (La utilidad de lo inútil: la quietud.).

Se habló al comienzo de los libros artesanales de Fernando Menéndez, de esa soledad no venial que uno intuye dedicada al placer de la tinta, la acuarela, el tacto de los nobles papeles o las bellas palabras. A esa soledad y ese silencio al que aspira la voz de cuanto en estos Hilos sueltos se dice tan quedamente, se dedica el último y uno de los más bellos aforismos del libro:

Siento la soledad en mi trabajo como un insecto hoja en una rama.

diariosderayuela.blogspot.com

C UÁNTAS palabras forman un discurso? Para los lingüistas, el discurso es una cadena de palabras hablada o escrita. «Cadena» es metáfora adecuada porque las palabras para que formen discurso han de estar enlazadas entre sí como eslabones. Otra metáfora es «hilo»: cuando pierde el hilo el que emite un discurso, éste se interrumpe y el texto oral o escrito se abre a otros discursos. No importa la longitud para que un discurso (poético, narrativo, filosófico…) tenga la condición de tal. Hace dos años, un poeta francés escribió el poema más largo del mundo —“Parcelas de esperanza en el eco de este mundo”—. Lo hizo en un papel que medía casi un kilómetro y pesaba más de 100 kilos. Es un poema acróstico: las primeras letras de cada verso son las palabras de los artículos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Con permiso de lo que opine el cardenal Rouco y demás objetores, no dejará de ser un buen texto complementario para la educación de la ciudadanía del mundo.
Sin embargo, con las prisas de los tiempos que corren los discursos se han ido acortando: los mensajes en los móviles, la sintaxis y la ortografía sincopadas en el chat, las diecisiete sílabas del haikú en poesía, los microrrelatos en narrativa… Y hasta los chupitos y miniplatos en los omnipresentes discursos gastronómicos. Buena prueba del gusto por la brevedad del texto son los muchos concursos de frases breves que a diario se anuncian en la Red. Ahora mismo me llega el siguiente sms: «Ser o no ser. Esa es la… Dinos qué palabra falta y llévate 70 puntos».
Fernando Menéndez acaba de publicar Hilos sueltos, un libro compuesto por más de sesenta páginas de aforismos. Suficientemente tiene él probadas sus virtudes para tal menester: formación filosófica, curiosidad por lo que ocurre en su entorno, la valoración del silencio frente a los ruidos mundanales y un buen oficio en reducir el discurso a lo esencial. La nueva obra de F. Menéndez es un discurso en el sentido latino del término: «la carrera o el camino que se hace a una parte y otra siguiendo algún rumbo», definía el Diccionario de Autoridades. El discurrir, pues, del autor de Hilos sueltos es andar con la mente alerta por diversos lugares. ¿Cuáles son los rumbos? Agnosticismo, metapoética, la belleza del mundo, el sentido de la existencia y toda esa sustancia que alienta en la mejor poesía… Y todo ello con la levedad de un haikú, sin pretensiones de construir frases célebres: «Los farsantes son disciplinados con su moral», «Leer un aforismo para gozar de su silencio», «El presente es la única propiedad mía», «El banquero mastica dentro de sí el dinero», «La comedia de ser uno en la tragedia del otro».
Francisco Álvarez Velasco en La voz de Avilés

ENTREVISTA DE JOSÉ LUIS ARGÜELLES EN LA NUEVA ESPAÑA

«El aforismo aspira a ironizar y a que el lector reflexione sobre la vida»

«Mis formas literarias tienden al poema breve, a la condensación, a la desnudez y a la ambigüedad, lo que me ha llevado a una estética próxima al silencio»

El poeta y escritor asturiano Fernando Menéndez (Mieres, 1953) acaba de publicar «Hilos sueltos» (Difácil), una suma de aforismos propios y ajenos con la que el también profesor de Filosofía abre una caja de ecos y resonancias que permite comprobar el sugestivo poder de esta forma breve, en la que el estilo se convierte en estilete. El libro incorpora unas imprescindibles «Notas sobre el aforismo», un muy acertado estudio en el que el profesor de la Universidad de Valladolid José Ramón González sintetiza, apoyado por una amplia bibliografía, algunas ideas sobre un tipo de escritura que, según afirma, «parece resistirse tercamente a cualquier intento de caracterización». Con esta entrevista a Fernando Menéndez tratamos de mirar por una ventana a la que cada vez se asoman más autores y lectores.
—¿Qué es para usted un aforismo?
—Es una frase que compendia en un breve giro de palabras el resultado de reflexiones, observaciones y experiencias. Además es un perfecto mecanismo expresivo que establece un equilibrio entre la elegancia y la sustancia del pensamiento. El aforismo aspira a ironizar y hacer reflexionar al lector sobre las cosas mínimas y grandes de la vida y se muestra envuelto en la elegancia y la ambigüedad del escrito. La estructura del aforismo es del todo particular; en su aparente simplicidad goza de una máxima densidad conceptual y poética. Una mínima brevedad formal, austeridad y desnudez caracterizan esta forma breve que pretende conciliar cosas inconciliables: la riqueza y la profundidad del significado con la concisión del significante. En consecuencia, el aforismo concilia lo particular con lo universal, la subjetividad y la universalidad. Sus temas son el lenguaje mismo de la poesía, el hombre y su relación con el mundo, por eso los escritores de aforismos son escritores de meditaciones, donde pensar y poetizar son el ejercicio mismo de la interrogación del hombre en su interioridad y su exterioridad.
—Hay quien confunde la máxima con el aforismo. Algunos estudiosos afirman que el «Diccionario de la Lengua Española» mezcla, erróneamente, ambos términos al atribuir al segundo, también, el carácter de sentencia o regla doctrinal. Yo creo, sin embargo, que el buen aforismo tiene más de fogonazo lírico que de adagio moral. Me gustaría conocer su opinión.
—La confusión surge de varios enunciados sobre la máxima y el aforismo a través del tiempo, que sería largo de detallar en esta entrevista. Hoy en día se les encuadra como formas breves dentro de la escritura fragmentaria. Tenemos que pensar que la fragmentación tiende a la versión aforística desde Baudelaire, Rimbaud, algunos surrealistas, o Char, por poner sólo algunos ejemplos. Quiero decir que los poetas, como los moralistas, incluyen en el ejercicio poético la interrogación moral. Puede que estas formas breves sean a la postre una conjunción de la literatura y de la filosofía. No debemos olvidar que las cualidades del aforista deben ser la densidad, la ironía, la inteligencia, la fuerza ambigua o la marginalidad nutrida de paradojas. Todas ellas razones de ser para la literatura y el pensamiento estrictamente filosófico.
—El gran aforista que es Cristóbal Serra afirma que el aforismo tiene «más de desaforado que de razonable». Y añade: «Como no tire a cómico, el dicho no será aforismo». ¿Está de acuerdo?
—Pienso que lo que dice Serra es una opinión más dentro las demasiadas opiniones diferentes de los muchos aforistas que han existido y existen.
—Pese a Gracián o a autores como José Bergamín y Gómez de la Serna, cuyas greguerías tanto tienen que ver con la tradición en la que se inscribe el aforismo, los escritores españoles han sido remisos, a diferencia de lo que ocurre en otros países de nuestro entorno cultural, a las llamadas formas breves. ¿Por qué?
—Es difícil contestar a esta pregunta. Es cierto que después de Gracián no hay casi ejemplos de aforistas y que sí los hubo en otros países como Alemania, Francia e Italia, por cierto, países con más libertad para escribir, pensar o tratar temas sobre las sociedades en las que han vivido esos escritores. Otra razón puede ser que al aforismo no se le ha dado el tratamiento adecuado académicamente y editorialmente? Imagino que puede haber muchas otras razones.
—En el magnífico prólogo que José Ramón González ha puesto a su libro, el profesor de la Universidad de Valladolid afirma: «Podríamos hablar entonces del aforismo como expresión de un pensamiento nómada o trashumante, o de un pensamiento fluido, líquido, no acumulativo». Y más adelante: «Los aforismos vienen a ser una suma de instantes, y en este sentido, la escritura aforística se aproxima a la escritura autobiográfica o a la escritura diarística». Son dos opiniones que me parecen inteligentes porque aciertan con el núcleo del asunto: el aforismo como escritura fragmentaria y escritura del yo. No sé si comparte también esta opinión.
—Pienso que el profesor José Ramón González acierta en sus opiniones después de haber consultado una bibliografía muy extensa. Se comprende también que el aforista, cuando escribe, deja escrita su relatividad, subjetividad, ironía? Partes de sí mismo, de su yo, a la vez que participa de un tiempo histórico y de su mentalidad.
—Usted es también autor de una obra poética de línea muy minimalista. ¿Qué relación hay entre sus aforismos y sus poemas? ¿Cuándo sabe que está ante un aforismo o ante un verso?
—Mis formas literarias tienden al poema breve, a la condensación, a la desnudez y a la ambigüedad, todo ello me ha llevado a la fragmentación y a la proximidad estética del silencio, al haiku y al aforismo. En cuanto a si sé cuándo estoy a la entrada de un aforismo o ante un poema es cuestión de tiempo, trabajo y disposición puramente literaria el que me decante por un poema u otras formas breves.
—¿Qué autores españoles y extranjeros de aforismos le interesan y por qué?
—Entre los autores españoles que siempre me han interesado quiero destacar a Juan Ramón Jiménez por la belleza de su escritura y sus obsesiones; a Bergamín por su contundencia e inocencia; a Joan Fuster por su fuerza y sinceridad, y a Carlos Edmundo de Ory por su ironía y poesía. De entre los aforistas extranjeros que me interesan, citaré a Camilo Sbarbaro por su delicadeza y sencillez; a Gesualdo Bufalino por su contundencia y profundidad; a Alessandro Morandotti por su dedicación y escepticismo; a Ennio Flaiano por su sátira y observación; a Louis Scutenaire por su desenfado y, para concluir, a René Char por su poesía y misterio; a Paul Valéry por su profundidad y soledad o a Jules Renard por su juego y desenfado.
—Cite un aforismo propio y otro de cosecha ajena que le gusten especialmente.
—Uno mío podría ser: «A pie de página, helarme de amor». Y puesto a seleccionar un aforismo de los autores que he citado, estoy pensando en Bufalino: «Ser el único lector de uno mismo. ¡Qué vicio de emperadores!».

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