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Treinta y nueve peldaños

10 €

Ficha

Autor: Javier Hernández Baruque
Género: Poesía
Páginas: 74
Encuadernación: Rústica
Isbn: ISBN: 978-84-92476-65-7

Sinopsis / Información

Este deslumbrante poemario nació de la gran admiración que provocó en el autor Apología y petición, de Gil de Biedma.

Tras siete años de trabajo, afanes, dudas y correcciones, Javier Hernández Baruque ha seleccionado treinta sextinas de treinta y nueve versos. Evitando el siempre presente peligro de caer en bucle que tiene esta forma poética, que utiliza seis palabras solamente al final de los versos, el libro avanza con una inusitada capacidad transformadora de la realidad.

Treinta y nueve peldaños no sólo es un libro de gran madurez poética, sino también un alarde técnico en el que el poeta nos muestra, en formas clásicas, un mundo que se desvanece.

 

Javier Hernández Baruque

Javier Hernández Baruque ha ido tejiendo desde hace décadas, al margen de las modas y los cantos de sirena, una obra poética de gran calidad y profundamente conmovedora. Ha publicado La Esgueva azul (1986), Estrellas intermitentes (1987), El balcón de las alas y los barros (1996), El duque de Monterroso (1999), Escrivivir (1999), Habla que labra (2003), Arañando vaho (DIFÁCIL, 2006) y Edad de piedras (2014).  

EMPALIZADA DE CARDOS

De pronto la muralla de los cardos

cerró la tarde roja contra el cielo.

Entonces, sólo entonces, tuve sed

de avispa en el cansancio de la senda,

vi piedras, tan cerradas como un puño,

y el tiempo con disfraz de yeso en polvo.

Ayer era un espejo lo que es polvo;

y de aquellos ciruelos, estos cardos

morados y crispados como un puño

tapian ojos y voz, cierran el cielo.

Aquí —ni un paso más—, llegó la senda…

Yo continúo solo con la sed.

… Estaba el campo verde. Por la sed

corrían los arroyos. Aún el polvo

no era una cicatriz sobre la senda.

Luciérnagas vivían en los cardos

igual que las estrellas en el cielo;

la mano abierta, un ala; no era puño.

Arriba, en cada cardo surge un puño

que crece amenazando con la sed

que roba a cada nube de su cielo.

Aduana, empalizada, todo el polvo

se queda detenido por los cardos

que se alzan fantasmales en la senda.

Las ruinas, sus cascotes, en la senda

y huesecillos rotos donde el puño

descabezó jilgueros en los cardos.

Por un camino rojo va la sed

y un huracán con vórtice de polvo

los páramos abduce. Todo es cielo.

Ahora, caminando por el cielo,

las alas no precisan de la senda,

las nubes sustituyen hueso y polvo.

Ahora este pedrisco es aquel puño…

Pero aquella sed sigue. Aquella sed

que estaba en las raíces de los cardos.

Los cardos fronterizos con el cielo 

son dueños de mi sed y de mi senda.

Son límite de un puño, vida en polvo.

VIVOS

¿Por qué dolerá tanto el estar vivos,

ser hijos de una lágrima, ser fiebre

de la enfermedad bella de la vida

que vamos trasmitiendo? ¡Cómo sufre

la sangre que se adensa en nuestras venas

y llega a convertirse en plomo puro!

Regresa en el otoño el ángel puro

y huyendo de la carne de hombres vivos

se nos llenan de atmósfera las venas…

Y el cuerpo pierde peso, sangre y fiebre…

Pero en la ingravidez huyendo sufre

la nube descarnada de la vida.

Sopeso barro y luz, tomo la vida:

volteo carne y fuego en hueso puro

y gozo del presente que me sufre

en su respiración de poros vivos.

Ya baja del crepúsculo la fiebre,

ya el alma es un tren blanco por mis venas.

Corazón, estación, vías de venas,

yo soy un pasajero de la vida:

maleta de mercurio, piel de fiebre,

el más contaminado, el menos puro,

con todo el barro crudo de los vivos

y el ala del arcángel que más sufre.

Nacido del amor, gozo que sufre,

insecto en telaraña azul de venas,

soy el abanderado de los vivos

con la bandera roja de la vida.

Un plomo que intentaba el vuelo puro

con el motor divino de la fiebre.

Pero la enfermedad mató a la fiebre

y tuve el gran dolor del que no sufre,

tan árido, tan lívido, tan puro

que desató las redes de las venas

hasta dejarme fuera de la vida,

ajeno a los difuntos y a los vivos.

Regreso hasta los vivos, a su fiebre,

contaminando vida, sed que sufre,

en cárceles de venas, hombre puro.

RAÍZ DE RÍO Y RAYO 

Raíces que en mi cuerpo se hacen venas

autónomas de sed, son el dibujo

de viejos ríos fósiles fundidos

con limos de otra edad. Venas con ansia

de pan de corazón, lumbre de beso

con médulas eléctricas de rayo.

En sombra vais, residuos de aquel rayo,

—en agua al río oscuro de mis venas,

al alma en nubes cálidas de beso—.

Trazo con tizas de humo fiel dibujo

de exacta ambigüedad que mate el ansia

de trigos con mi corazón fundidos.

La fiebre con relámpagos fundidos

circuye mi epidermis; con un rayo 

que se hace de ceniza llega el ansia

de miércoles que se ata con mis venas

al hombre y al arcángel… Ya dibujo

la vía de la luz y la del beso.

Veo la salamandra. Bebe el beso

de la lengua del fuego. Van fundidos,

prehistóricos mis huesos al dibujo

de vientos espirales donde el rayo 

sutura y cauteriza en vivo venas,

arañas tejedoras de este ansia.

¿En qué pozo me ahogaron con el ansia?

Cayeron amapolas en el beso

y fueron repartidas por mis venas;

y en mis sentidos lúcidos fundidos

los poros, las ventanas para el rayo 

que dentro me calcó su cruel dibujo.

Abstracto es en mis venas el dibujo

que como una enramada teje el ansia,

que activa el corazón y crea un rayo.

Los verbos llevo dentro; con el beso

al aire vuelven vivos y fundidos

y en la caligrafía nacen venas. 

Yo llevo entre las venas el dibujo

de los siglos fundidos, llevo el ansia

del beso repetido en cada rayo.

CERCANA LEJANÍA

Estáis muy lejos todos. Pero el perro

se deja el corazón entre mi mano

y así me encuentro cerca de las vuestras

que tanto necesito. Ya es de noche

y dentro del silencio de las sombras

muy cerca estoy de vuestra lejanía.

¿Esto es la soledad? La lejanía

que aúlla desde dentro como un perro

rescata vuestras caras de las sombras.

Yo toco una por una cada mano

caliente en cada esquina de la noche

y son las manos mías, por ser vuestras.

En el silencio, voces. Frases vuestras

la luna copia desde la lejanía.

Con ella estamos en la misma noche;

nos imanta su piedra igual que al perro.

Hay una luna llena en cada mano:

vacía una medalla entre las sombras.

Abrazo por la espalda vuestras sombras,

—por el olor yo sé que son las vuestras—.

Las acaricio con mi torpe mano

y así os regreso de la lejanía.

Porque ahora ya os intuye, ladra el perro

que ausculta los latidos de la noche.

Estáis muy cerca todos esta noche.

Ausentes, sois presencia entre las sombras

y fiel vuestro recuerdo como el perro.

También estas palabras son las vuestras

que envío hasta un islote en lejanía

con tinta de la sangre de mi mano.

Ya vuela la tristeza en esta mano

y en la otra el corazón lleno de noche.

Titila en una estrella lejanía,

gotean los relojes en las sombras.

Mis manos, maniatadas a las vuestras,

palpan el corazón dulce del perro.

Y el perro en soledad lame mi mano…

Yo embarco hacia las vuestras esta noche

y de las sombras borro lejanía.

LA NIÑA DE LAS LAGARTIJAS

  para Martina

Es la inocencia yerbanueva y niña

que ya bordó los cinco. Por sus ojos

la vida en dos planetas, rodeados

de nácares y azul. Miro en su boca

brotando la palabra con pureza

del hondo manantial de los arcángeles.

Qué grato, conversar con luz y sangre

mientras el césped huele a maravillas.

Qué grande la alegría y qué pequeña

la niña del jardín… Desde el rastrojo

el viento arrastra viejas briznas rojas

que verdes en su piel se van pintando.

Viniste niña sabia de los astros

de nebulosa añil, te besa el aire

que resucita en plumas, y te nombra

la voz del perro que nos reconcilia

con la luz inmanente, con el Todo

que en mis manos adultas se fragmenta.

Eres el alma en cuerpo de inocencia,

la médula del trigo, simple y blanco.

Y el arco iris va del malva al rojo

y teje una diadema entre tu carne.

No puedo no quererte. En tu sonrisa

todo medra hacia el sol desde la sombra.

Capturas lagartijas y las domas

con látigos de intensa yerbabuena…

Caen en paracaídas mariquitas,

despegan y alunizan en tus brazos

los mirlos, colibrís y pavos reales…

Y el perro por la yerba entre nosotros

como una llama blanca prende el gozo.

Tú ríes con la gracia y Dios se asoma

al borde de tu risa, y hay un braille

de rosas: el rocío por leerlas

se olvida de marcharse, aunque los rayos

del sol les amenacen con cerillas.

Niña de lagartijas, yerba y rostro

de mayo, tulipán de mariposas,

agua nueva que juegas por mi tarde.

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