Orfeo en Nueva York

Orfeo en Nueva York

12 €

Ficha

Autor: Fernando del Val
Género: Poesía
Páginas: 116
Dimensiones: 210 x 145 mm
Encuadernación: Rústica
Isbn: 978-84-92476-15-2

Sinopsis / Información

Fernando del Val

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FERNANDO DEL VAL (1978) es periodista y escritor. Desde 2003 colabora en medios generalistas y en publicaciones especializadas. Ha cultivado todos los géneros en todos los medios y ha sido diez años columnista de El Mundo en Castilla y León. Licenciado en Periodismo por Gales; Máster en Radio por la Complutense y RNE y Especialista en Locución y Presentación en el instituto de RTVE; así como en Historia y Estética de la Cinematografía por la UVa. En el plano literario es una de las voces con más personalidad del país. Original y respetuoso con la tradición, cultiva, sobre todo, la poesía. Destaca su trilogía de Nueva York, compuesta por: Orfeo en Nueva York (2011), Lenguas de hielo (2012) y Regreso al Metropolitan (2013), gracias a la cual es considerado “uno de los poetas imprescindibles en la generación de principio de siglo” –Javier Lostalé-. Su obra la han defendido autores tan dispares como Caballero Bonald y Fermín Herrero. Su último libro es Los años aurorales (2017). Mantiene el blog Cuaderno de Horas, “uno de los más recomendables en el panorama de la literatura y de la reflexión en español”, según la Revista Subverso, de la Cátedra Delibes.   cuadernodehoras.blogspot.com F Fernando del Val T @fernandodelval_

NEW YORK’S CALLING

Por alguna caprichosa asociación cuya naturaleza no acierto a determinar, he leído Lenguas de hielo, segunda entrega de la trilogía sobre New York del vallisoletano Fernando del Val (1978), con la banda sonora de London calling, la vieja canción de The Clash, en la cabeza. Tal vez, pero esto no pasa de ser una especulación no menos azarosa, porque la fuerza estilística del libro me ha devuelto, como clima existencial, a mi juventud rompedora, cuando íbamos a arreglar el mundo y en las desoladas horas de autostop, en cunetas no obstante esperanzadoras, la canción del grupo británico era el repetido hilo musical con que mi mente conjuraba la monotonía de cualquier carretera, desierta y perdida, que aún no sabía que no llevaba a parte alguna.

De la misma manera arbitraria, hilvané la lectura del Orfeo en Nueva York —el poemario previo de F. del Val que, sin embargo, cierra la citada trilogía, de la que anuncia para el próximo año su segunda aproximación a la capital del mundo, Regreso al Metropolitan, aún inédita— al modo de un montaje cinematográfico, con escenas procedentes de El apartamento, El gran Gatsby o Cottom Club. Y no es que aquí no esté presente en muchos poemas, como en aquél, la dialéctica plano/contraplano o, en otros, un montaje fragmentado, por atracción, a lo Kulechov; ni tampoco carezca de importancia el referente fílmico, pues, muy al contrario, gravita sobre el texto en general la sugerente atmósfera, el templo de El año pasado en Mariembad, la película de culto de Alain Resnais donde también la memoria adquiría rango de salvación y consuelo. E incluso ya en el poema inaugural, y luego en el tercero, se respire el futuro sonámbulo de Blade Runner, con el progreso disparado entre la devastación neuronal de las ruinas físicas y éticas.

Lenguas de hielo es el espléndido fruto de una estancia trimestral en la metrópolis norteamericana, en la tercera visita del autor. Ya en el título se perfila la sombra tutelar y desasosegante de Poeta en Nueva York, explícita en algunos de los versos iniciales (“alguien le arrancó los ojos / con una cuchara de palo”), aunque, naturalmente, Fernando del Val ha tenido que escribir su libro no sólo contra Lorca, sino también a partir de J.R. Jiménez y Hierro, asimiándolos. El desasosiego procede del sintagma antiético, cercano a la paradoja: la carnalidad del órgano donde reside la palabra e incluso la concreción del impulso pasional se contrapone a la frialdad absoluta de lo congelado. Porque todo, en la urbe que jamás descansa, allí donde ha desaparecido el silencio, es contradictorio e inexplicable. “La era del hielo se acerca, el sol se hace más fuerte, se aguarda un colapso y el trigo apenas crece, es una era nuclear” decía aproximadamente la apocalíptica canción de The Clash. en la que Londres llamaba a los pueblos lejanos: “El Apocalipsis / pasó / y siguieron vivos” reza uno de los poemas más escuetos del libro.

Lo perturbador del título se extiende como una mancha sobre buena parte del texto; preside la imagen inicial: “una desesperación negra” que persiste, coagulada, en el aire; fermenta en los patios interiores de las casas sin persianas ni cortinas donde la vida vana se expone, llenos “de basura inorgánica” cuya mera enumeración minuciosa, precisa, caótica, basta para retratar la ciudad-mundo. Y sin embargo el autor intenta retener, dentro del insaciable y destructor movimiento de sol a sol, noche a noche, que jamás se detiene, lo inmutable, con “Mutabilidad” de Percy B. Shelley de fondo.

Por eso eleva su mirada, acude con frecuencia a la luz, trata de comprender sus matices, sus variaciones, su sentido. Una luz que puede ser fría, amarilla, pero que siempre, sobre todo en los amaneceres, que tanto abundan en el libro, es un clarear, casi un esclarecer. Y es siempre cenital, dota de alma a lo inamovible, en especial a los edificios, y de luminosidad a los versos, que así se tornan más acogedores. Es cierto que esta luz lleva sombra, como el hombre, que no hay quien la descifre, “no tiene radiografía” y que  el cielo limpio se encuentra permanentemente emborronado por estelas, amenazado por el ruido de aviones y helicópteros, pero puede aplazar la muerte y el desconsuelo, aunque sea mediante el espectáculo.

En consecuencia, sólo cabe rastrear presagios, marcas, exponerlos como imágenes que colonicen la retina. Algunas se aproximan a lo instantáneo hondo del haiku (como el  enigmático poema: “luz bisturí / ¿hay afiladores que te pasan por la piedra?”), la mayoría constituyen flashes de una objetividad elocuente, como si la urbe fuese cartografiada por el ojo desnudo de la cámara: batracios, anémicas rosas de invernadero, pájaros seriamente afectados de melancolía vacilando por el alféizar, cubos de basura con ratas que parecen gatos, perros callejeando como tantos…

Pero Nueva York es una ciudad, para cualquiera, para todos, antes leída que sentida. De ahí que  por las páginas de Lenguas de hielo circulen las vidas paralelas de Plutarco junto a la visión de Central Park de Octavio Paz, las gafas abstraídas de Adorno junto al pájaro seguramente asesinado de Cernuda. O los mentados José Hierro, con su campana grabada, y Juan Ramón Jiménez, porque probablemente bajo la advocación de Diario de un poeta recién casado Fernando del Val conjugue en este volumen, de modo harto natural, como en el anterior también de la temática neoyorquina, el verso y la prosa.

En concreto, la parte final del libro explora con acierto las fisuras, casi grietas, de la crónica y del reportaje urbano al uso, saca a la luz la violencia y el doloroso desequilibrio, de ahí los pordioseros que de vez en cuando asoman por las páginas, del tardocapitalismo salvaje. En este sentido, el poema en prosa final resuelve, con efecto retardado, el clima moral del conjunto de los textos, conforma una declaración de intenciones en toda regla, porque el autor, como corresponde a una mocedad que otros abandonamos, por esas carreteras de Dios y del olvido, cuando el cantautor de Duluth, Minessota, lo proclamaba a los cuatro vientos, confía en que dejar memoria sea la “palanca para ir cambiando el mundo”. Que así sea.

F. H

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