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Elogio de la lencería

12 €

Ficha

Autor: Roberto Lumbreras
Género: Novela
Páginas: 90
Dimensiones: 220 x 150 mm
Encuadernación: Rústica
Isbn: 84-935015-1-4

Sinopsis / Información

Hay «prendas hechas para que el desnudo no agote su magia», prendas en sí mismas mágicas, calculadas al milímetro para desarmar a la Razón. Como afirma Lumbreras, con ecos de Pascal: «la lencería tiene razones que la razón no entiende».

Luis López Molina, el gran estudioso de las greguerías de Ramón Gómez de la Serna, afirma en el prólogo que las greguerías fino-lenceras de Lumbreras no desdicen en calidad de las del mismo Ramón. Añadiremos que a las greguerías siguen las letanías, los secretos, las noticias, una pieza de oratoria, varios micro-relatos, algunos relatos y un gran cuento virtuosístico que están a la altura de aquéllas. De esta pluralidad de géneros y registros se vale Roberto Lumbreras para sorprender al lector.

Éste es sin duda un libro singular, con una prosa leve y al mismo tiempo enjundiosa; un alarde de ingenio que ofrece en la lectura el gozo de lo que se escribió gozosamente.

Roberto Lumbreras

Roberto Lumbreras (Segovia, 1963) es licenciado en Filosofía y Letras.

En 2004 debutó en la escena profesional con la comedia Hasta que la boda nos separe (Premio Alejandro Casona). También ha publicado las obras teatrales Nana para despertar a un amante (que con el título Canción de cuna para un amante en coma, fue estrenada por el prestigioso Teatro Nacional Cervantes de Buenos Aires) y Matrioska, o los caballeros las prefieren rusas (DIFÁCIL, 2007).

Además es un destacado autor de greguerías (que según Luis López Molina "no desdicen de las del mismo Ramón") y de relatos. Magnífico ejemplo de estos dos últimos géneros es la obra Elogio de la lencería (DIFÁCIL, 2006).

Sus últimas obras son precisamente los relatos que integran estos Nombres en un buzón, con los que ⎯confiesa el autor⎯ espera llegar al corazón y la inteligencia de muchos nombres lectores.

roberto@robertolumbreras.com

MUERE EL MAGNATE DE LA LENCERÍA
WILBOURG F. PERKINS

El «padre de la lencería moderna», Wilbourg F. Perkins, falleció ayer en Boston (Massachussets), a la edad de setenta y seis años, víctima de un ataque cardíaco. El magnate de la moda íntima será enterrado hoy en su ciudad natal en la más estricta intimidad. Al duelo sólo asistirán su familia y tres de sus modelos; una de ellas, la espectacular Patricia Robertson, que estaba presente cuando el anciano sufrió el colapso. La comitiva fúnebre, cuyas damas irán vestidas con lencería negra de la colección Pompa y Circunstancia en homenaje al finado, saldrá de la fábrica central para dirigirse al mausoleo familiar. Allí se descubrirá un bajo relieve del insigne escultor Enrico Casarelli, inspirado en el Juicio Final de Miguel Ángel, que muestra a una bella mujer aterrorizada, y bajo la donna desnuda, la inscripción: Lo terrible del Juicio Final es que de nada os servirá mi lencería fina (W. F. Perkins).

LA OCTAVA PLAGA… DE LENCERÍA

Johnathan F. Hawks, estadounidense de veintiún años, ha sido detenido en el garaje donde preparaba sus vuelos de escarnio. El joven infractor se dedicaba a sobrevolar con su ultraligero, en vuelo rasante, los poblados de una comunidad amis y arrojaba lencería fina al grito de «¡La octava plaga, la octava plaga!». Johnathan confesó hacerlo «por diversión», y porque era ateo.
Jeremías Lenbach, portavoz de la comunidad amis afectada, ha declarado no tener intención de demandar al joven. En su comunidad se han limitado a rezar por el cese de esta plaga de la lencería, como verdaderamente la creen: la plaga del siglo XXI.

POR SU LENCERÍA LAS CONOCERÉIS
(INDICIOS PARA DESCUBRIR LA LENCERÍA OCULTA)

La mujeres cursis con tirabuzones o boinas de colegiala muestran preferencia por la lencería con lacitos.
Las mujeres de doble vida llevan lencería reversible.
Las mujeres escocesas llevan lencería con los colores de su clan.
Las viudas negras llevan lencería negra, a juego con sus grandes pestañas negras, e invitan a champán en el velatorio.
Por regiones, las hawaianas llevan lencería vegetal; las tirolesas lencería Loden; y las senegalesas lencería hilo-dental sin top.
Las mujeres enamoradas llevan lencería perfumada.
Las mujeres tímidas usan lencería en tono pastel.
Las mujeres de senos pequeños usan sujetadores de colores claros, y las de senos grandes de colores oscuros.
Sin embargo, la posibilidad de acertar con estos clichés es remota, pues, con la variedad de lencería descrita, la mujer puede probar a ser por un día cursi, tener doble vida, ser escocesa, viuda negra, tímida, pertenecer a una etnia, estar enamorada o simplemente cambiar de senos.

LO QUE DICEN LOS OJOS
DE LA MUJER EN LENCERÍA FINA…
A LOS HOMBRES EN TRISTES CALZONCILLOS

¡Qué calladito te has quedado de pronto!

Por tu cara, diría que no me reconoces, y llevamos diez años casados.

¿A que ahora no te parece «demasiado cara tan poca tela»?

¿Ese resoplido es una invitación formal a tu cama?

Te veo nervioso: eso es que me ves muy segura.

Has dejado de leer el periódico: creo que acaba de subir mi cotización.

¿Hoy no me reprendes que vaya a enfriarme?

Se te ha cortado el bostezo. ¿Ya no tienes sueño?

Descuida, que el pase del modelito es gratis.

Atrévete a decir lo que estás pensando…, aunque sea zafio.

Pero si me llamas diosa, no lo tomaré como un cumplido.

¿Eso que se oye es tu corazón?

No es para asustarte, pero… ¿comprendes ahora por qué hay lesbianas?

Éste es un secreto entre los tres: ¡me refiero a mi lencero!

He cambiado el decorado para que tú cambies el guión.

¿No creerás en la naturaleza diabólica de la mujer?

Comprendo: ha sido demasiado brusco pasar del delantal a esto.

Si deseas quitarme el sujetador, puedo fingir que no me valgo sola.

Si deseas quitarme las medias, puedo fingir que mis piernas son demasiado laaargas y no llego bien a la puntera.

Si deseas quitarme el corsé, puedo fingir que es una camisa de fuerza, y sólo tú, el médico, puede quitármela. Aunque creo que no soy yo, precisamente, la que está a punto de perder la cabeza.

LA NUEVA FRINÉ

El magistrado nazi miró el legajo de la siguiente vista y sonrió a sus colegas-camaradas. Por fin algo con que alegrar el ojo. Ruth Stein, veinticuatro años, artista de variedades, nacionalidad: Jude.
Condujeron a la judía a empujones, que ella frenaba con orgullo sin que alteraran su elegante paso. Se diría que iba escoltada, más que detenida, por aquellos hombres. Por su altivez, parecía Salomé entrando en el Templo.
El fiscal ladró su acusación contra la hebrea: ser hebrea, y además afirmarlo con orgullo, resistencia a la autoridad e insultos al Reich y al Führer. Item más: Negarse a saludar brazo en alto en su última actuación.
El abogado defensor hizo un gesto de impotencia. Se sentía parte de una farsa. Ni el mejor abogado de Alemania podría sacar a aquella mujer indemne. Había que hacer algo que no se encontraba en los códigos de leyes nazis, sino en la Historia y en la psicología masculina.
El abogado de oficio hizo llegar a su defendida un billete con una consigna. La guapa Raquel sonrió al leerla y miró al abogado con cara de escepticismo, y luego de resignación: lo haría.
El abogado defensor mostró con la mano la prueba exculpatoria, dirigiéndose a la acusada. A la señal convenida, Raquel se desabotonó el vestido y se acercó al tribunal, andando como una Venus pagana en lencería: labios sensuales, ojos de gacela y una melena que se desparramaba hasta la cintura, brillando negra como el azabache.
El abogado introdujo la prueba exculpatoria:
—¿Juzgan sus señorías que este cuerpo no hace justicia a los cánones helénicos, y por tanto arios?
Después de una deliberación acalorada, el presidente del tribunal dictó sentencia. Se absolvía a la acusada de la pena máxima, y se le conmutaba con una multa por no haber respondido a la hospitalidad alemana tiñéndose al menos el pelo de rubio.

EL ROSA Y EL NEGRO
(Fragmento)

Ante aquella maravilla que hablaba de voluptuosidad, que prometía el goce del Arte, y el arte del goce, Carmen comprobó que su lencería, monocroma, opaca y uniforme, no sólo estaba pasada de moda, sino que obedecía a una finalidad menos ambiciosa, incluso a una función antitética a la adquirida por la nueva lencería. Si aquella tenía la misión de tapar y ser la puerta de la alacena, ésta era el primoroso papel de blonda que apenas ocultaba los bombones, dejando traslucir el color, la forma y aun el néctar rezumante de los dulces supremos; no era la toalla rectilínea que anulaba los contornos sinuosos de la bañista, sino las mínimas espumas de Afrodita emergente.
Carmen se sintió como la monja acostumbrada a contrastar sus blancos y anodinos hábitos, sus mudas toscas y ásperas, con las lujosas ropas del obispo, que ella misma planchaba para mayor seducción del pastor sobre la grey; percibiendo el atractivo irresistible de su fuerza. Veía en esas seductoras prendas la sofisticada evolución de las hojas de parra en el cuerpo de las nuevas Evas, dispuestas a burlar con ese poder la maldición y el pecado, e incluso a hacer desdeñar el Paraíso, devaluado sin sus encantos.
En medio de las cogitaciones de Carmen de Bourdeaux, se acercó una de las dependientas. Era una chica muy mona, una cría con un aspecto serio e intelectual que le daban sus gafitas rectangulares de pasta azul. La atractiva condesa sin condado aún no había soltado las bolsas para entregarse al grato estímulo de las texturas íntimas. La dependienta, que además de ganarse la vida en el gran almacén era estudiante de Marketing, puso en marcha los secretos académicos que le habían hecho la reina de las comisiones y la envidia del gremio, y aplicó los postulados psico-mercantiles de su asignatura favorita. La dependienta lució una sonrisa codificada como A/IC/SC/ (es decir, para ‘Cliente con poder adquisitivo A/ tipología indeciso-compulsiva/ saturado de compras’). La ultima, clave: saturada de compras, indicaba a la vendedora la necesidad de una rápida maniobra consistente en hacer desaparecer la mercancía abundante que llevaba la cliente, pues:
a)  Estorbaba su manipulación de nuevos productos.
b)  Producía cansancio y por tanto deseos automáticos de salir del recinto.
c)  Impediría nuevas compras por problemas de porteo.
d)  Evidenciaba demasiado el cupo presupuestario potencialmente cubierto.
La dependienta se ofreció amablemente para guardar a Carmen las bolsas, lo que ésta agradeció ingenuamente. Agachada tras el mostrador, la comerciante pudo ver el contenido de las compras para:
a)  Tasar el volumen de las adquisiciones.
b)  Ver si había ticket, o había comprado con tarjeta.
c)  Perfilar la definición a nivel de subtipo de la compradora.
Instantáneamente, la vendedora etiquetó a Carmen como A/C-A/F/E (Poder Adquisitivo A / Compulsiva / Acumuladora / Fiel a un producto / Compradora en efectivo).
 Finalmente se ofreció a ayudarla, simulando el desinterés de la buena samaritana:
—¿Quería algo en concreto? ¿O puedo sugerirle…?
Carmen, con la franqueza que le caracterizaba, se puso en manos de la vendedora:
—Digamos que necesito reponer todo mi ropero íntimo.
Al oír estas palabras, la dependienta de lencería supo que se había topado con la clienta del año.
—¿Qué le parece este body? ¿No es divino? Con su apertura fácil, un body semitransparente combinado con microtul y encajes vegetales puede precipitar una boda; es la prenda del sexo en stand by, para mujeres ardientes, para ejecutivas y mujeres de negocios que necesitan ir al grano con su ligue, o aprovechar en solitario el trayecto de su limusina, saliendo radiantes y relajadas después de un largo y ruidoso atasco. En dos piezas, tenemos todo un mundo de ilusiones palpables. Una braguita brasileña de lycra satinada puede provocar un divorcio; y una braga escotada de seda translúcida con un lacito inocente o una candorosa florecilla bordada arrancará la promesa de una nueva boda. Naturalmente, también la lencería contribuye a avivar y sostener la pasión conyugal, afectada por el tedio de la monogamia: ¡Sólo hay que contar con un modelito para cada día del año!
La dependienta miró a Carmen disimuladamente, por si era éste su caso. Pero Carmen no se dio por aludida, atenta a aquel torrente de información que le estaba descubriendo un mundo para ella muy evolucionado.
La vendedora corrigió el tiro. A pesar de la línea Rive-Gauche de la clienta, no debía escorarse tan a la izquierda. Estaba, ideológicamente, ante una «T/PA»: Tradicional en período Aperturista.
—Para usted —prosiguió la vendedora—, por su femineidad asentada, sugeriría una sofisticada braga culotte que adorne sus caderas, con un sostén de tipo balconnete que alce y realce la generosidad de sus pechos. Puede combinar la braga con bustier y liguero. Hay gran variedad dentro de este concepto. Partiendo del refuerzo base de las microfibras elásticas, tiene opciones en transparencias y encajes, en tejidos primorosos como satenes, guipures o terciopelos con bordados de Lesage… Pero si se ha cansado de la sofisticación y el lujo, o quiere alternarla con algo más desenfadado y ponible, sencillo y, sin embargo, igual de seductor, tenemos todos los modelos que pueda imaginar: la braga tanga en microtul transparente, la braga deportiva con cintura elástica, sujetadores con tirantes de silicona ajustables; y, pensando en el verano y la playa, tenemos prendas íntimas ambivalentes, de sujetador reversible, confeccionadas en tejidos opacos y de secado rápido, para un baño inesperado a la luz de la luna…
—No, gracias. Acabo de enviudar y no estoy para revolcones en la playa con ningún latin lover —desaprobó secamente Carmen.
La vendedora se percató del error. La clienta era una auténtica señora. Quería ropa nueva, no una vida nueva. Era el tipo de persona que prefería degustar los placeres de la vida con serena atención, con mesurada consciencia, y no cambiaría los frutos de la edad madura por ninguna locura juvenil. Estaba claro que ella no era ninguna cría. Y sin embargo, viendo su belleza, se diría que retenía la frescura, como si en ella no se hubiese marchitado del todo, no se hubiera consumido de golpe, como un cóctel en el calor de una fiesta de verano, sino que se hubiese dilatado como una copa de coñac en una larga velada de invierno.

La primera lencería fueron las sombras de las hojas y el reflejo de la aguas en el cuerpo de Eva.

¿Envolveríais un libro de poemas con papel de periódico? Por la misma razón existe la lencería fina.

El milagro de la lencería fina: la mujer saca de la cómoda una naturaleza muerta y al punto se llena de vida y palpita.

El picardías de tul es el velo que separa el sancta sanctorum del Templo.

Uno de los acontecimientos más extraordinarios de la Naturaleza se produce cuando un golpe de viento levanta la falda de una mujer con lencería fina.

Con la lencería de seducción se hace preciso acuñar una nueva palabra. ¿Vestida o desnuda?: Vesnuda.

La braguita-tanga dota a la mujer de un segundo pubis trasero.

Las mujeres se quitan las medias como si se desollaran en un sacrificio ritual.
Gustav Klimt soñaba a la mujer en lencería dorada.

¿Se quitan las medias con morosidad porque son delicadas, o se fabrican las medias delicadas para que se quiten con morosidad?

El sujetador nos muestra la timidez de los senos.

El bikini es lencería para burlar la censura.

Las medias con ligueros tienen algo de aparejo de trampa.

Lo que nos dice el sujetador: «No se ofrecen por separado».

Con el rígido corsé, la mujer nos muestra lo que tiene de estatua de Venus.

Lencería nupcial: blonda de tarta en la cama.

Sólo si los ligueros están bien ajustados, el cuerpo de la mujer tendrá ese movimiento tan armónico.

La lencería sirve para que el desnudo no agote su magia.
La lencería fina es la única obra de arte que está permitido tocar.

El corselet nació cuado la mujer dejó la camiseta sobre el biombo.

Sujetador balconet: postres para enfriar en el balcón.

La braguita-tanga es una burla del cinturón de castidad.

El momento crucial: cuando la mujer se quita el sujetador y asiente con los senos.

El sujetador convierte a los frutos en flores.

La lencería tiene razones que la razón no entiende.

El vestido de novia sirve para ocultar la lencería de novia.

Paradoja de la lencería: cuanto más cara es menos tiempo está en el cuerpo de la mujer.

La lencería se plancha puesta y al vapor.
La lencería tiene turno de noche.

Las medias de malla blancas dan a las piernas un aire de fiambre delikatessen.

La mujer coloca los senos en las copas del sujetador con la delicadeza de quien acuesta a dos niños dormidos.

La mujer se reserva la última confidencia interesante del día: la lencería que lleva puesta.

Desfile de lencería: redada policial en un cabaret.

El sujetador es embalse de magma volcánica.

En el ballet hasta las zapatillas son de lencería.

A Goya siempre le faltará La maja en lencería.

La puesta de largo de la joven no es tan crucial como la puesta de corto: su primera lencería fina.

El descote es un buzón de sugerencias… lujuriosas.
Lo que les pasa a las nudistas es que no les sienta bien la lencería.

Es una incongruencia estética que la lencería fina vaya debajo y no sobre la ropa.

La malicia máxima femenina consiste en dejar que se transparente la lencería.

La mujer lleva los senos en el sujetador con orgullo de mamá marsupial.

Basta una carrera en la media para la que mujer elegante parezca una desgarbada.

La lencería más procaz es el velo en la cara de la mujer: sus pechos pueden ver y su sexo hablar.

La mujer se quita la liga como la vitola de su excelencia.

Los senos asomando en el sujetador parecen dos frutas a medio pelar.

Lo más seductor es decir con la mirada: «¡Ay; si supieras qué lencería llevo puesta!»
Sade inventó el corsé de tortura.

El paraíso perdido se puede encontrar tras la vegetación de la lencería femenina.

Los fabricantes de lencería con diamantes saben que irán bien custodiados, y además en lugar óptimo para su revalorización.

La lencería nupcial es tan aparatosa para garantizar que continúe la liturgia.

La fe no es ciega: de ahí que la lencería anticipe algo de lo que esconde.

El enigma: ¿es el corsé el molde del busto, o el busto el molde del corsé?

La liga es un grillete que lleva ella, pero le ata a él.

Cuando la mujer echa a correr, sus senos se columpian en el sostén.

La lencería es tan variada para que al hombre no le dé tiempo a inmunizarse.
La mujer fina se quita el sujetador como si fuera un broche de diamantes.

Con la lencería de raso, la mujer siempre tiene el tacto de rosa fresca.

El hombre que regala lencería a su mujer es un Pigmalión. Y la mujer que compra la lencería a gusto de su marido es una Dorotea.

Adolf Loos pensaba en la lencería cuando afirmó que «en Arte, menos es más».

Una lencería de lujo convierte cualquier vestido en vestido de noche.

El corsé es una burla de la armadura masculina: no hay más que quitárselo y se produce la rendición del contrario.

Lencería: vendas del placer.

Las azafatas de vuelos transcontinentales utilizan lencería reversible invierno/verano.

Mujer con corsé: sirena invertida.
El trapecio circense fue el primer expositor móvil de lencería.

La mujer madura conoce la perversión de vestirse con lencería de púber, y la púber la perversión de vestirse con lencería de mujer madura.

Lencería: cazoletas de árbol resinero.

El vestido no es más que el guardapolvo de la lencería fina.

¿Dulcinea era una plebeya con lencería de dama, o una dama con lencería de plebeya?

La lencería de color carne es un trampantojo.

Etiqueta en la lencería de seducción: «Para su máxima efectividad, manténgase fuera del alcance de los hombres».

La sirenita de Copenhague busca en el agua su sujetador de espuma.

La lencería de tul exige dormir en cama de princesa con mosquiteras.

Sólo hay un momento en que la mujer no necesita preguntar al hombre en qué piensa: al mostrarle sus prendas íntimas.

Esa lencería tan ínfima parece los tachones de la censura.

Las bridas de los ligueros sostienen el difícil equilibrio del canon griego.

El lacito en la parte trasera del cullotte nos avisa de que la mujer tiene belleza bifaz.

El único y perfecto traje a medida es la lencería de mujer.

El fracaso de la pintura para llevar la mujer a la tela lo solucionó la lencería llevando la tela a la mujer.

El sujetador push-up: senos elevados, autoestima elevada.

La paradoja del sujetador deportivo es evitar que los senos vayan marcando el ritmo.

La mujer con baby doll quiere que le sigan llamando muñeca.

El corsé sirve para la función privada de can-can.

El cuerpo femenino sólo soporta la braguita-tanga, y por eso se las arregla para recoger y plegar el cullotte hasta transformarlo en mínima tanga.

Aquella actriz bordaba sus papeles porque vestía lencería de época.

Cada mirada al descote es un deseo en el pozo de los deseos.

El body-stock de malla dota a la mujer con una apariencia ideal de dibujo en cuadrícula.

Los senos son como ingenuos niños que nos espían tras el sostén, pero se les notan los ojos.

La mujer anda en lencería como un cow-boy que mata con la mirada.

La mujer se sujeta las medias con los ligueros como si llevase calzada su huidiza sombra.

Lencería integral: mujer desnuda tras los visillos.
La lencería es escudo y a la vez diana.

Vudú: cuando la mujer se ata a conciencia el corsé, piensa que está atando a su amado.

Ningún caleidoscopio como la mujer en lencería apoyada en el espejo.

La lencería está entre el atuendo de hacer gimnasia y el vestido seductor, quizás porque su fin sea la gimnasia amorosa.

Con sus tirantes y bridas, la lencería tiene algo de freno al desenfreno.

La mujer cree que las medias son verdadera piel cuando descubre una carrera y se alarma como si fuera una herida.

El negligé: un descuido cuidado hasta el mínimo detalle.

La lencería de tul es el sfumato de la escultura.

La lencería suscita en el hombre la adoración… y luego la profanación

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