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Arrabal amargo

9,61 €

Ficha

Autor: Javier Rey de Sola
Género: Novela
Páginas: 120
Dimensiones: 220 x 150 mm
Encuadernación: Rústica
Isbn: 84-930571-1-8

Sinopsis / Información

¡Asombroso Rey de Sola!

No te vamos a engañar: Arrabal amargo es un novela difícil, dura y terrible. Si lo que quieres es una historia amable, leer un poco antes de dormir, este libro no es para ti, porque te exigirá mucho esfuerzo y te desvelará.

Arrabal amargo, amén de un prodigioso ejercicio estilístico, es la confirmación de su autor como maestro del lenguaje y malabarista de las palabras.

En Arrabal amargo se nos muestra un negrísimo retablo y la sórdida crónica de la existencia de unos personajes condenados a vivir en un ambiente —el del arrabal— opresivo y mezquino, donde chabolas, analfabetismo y violencia se combinan en esperpénticas situaciones salpicadas con brochazos de un humor sulfúrico y corrosivo.

Verdaderamente, asombroso Rey de Sola.

Javier Rey de Sola

Javier Rey de Sola nació en Madrid en 1956. A las pocas semanas, se le trasladó a provincias fuertemente custodiado. En provincias realizó sus estudios, en detrimento de los cuales fue consolidando año tras año su vocación literaria, lo que le acarreó multitud de sinsabores que soportó con estoicismo, pues a ver qué iba a hacer. Su primera obra publicada – Negra conjura - es la prueba, para muchos, de su moral insolvencia. Esta opinión cobró auge con la novela picaresca El diablo a la cola , Vidas en el siglo (Premio Ateneo-Ciudad de Valladolid), El insuperable tío Wenceslao y terminó de confirmarse de la forma más rotunda con Arrabal amargo (DIFÁCIL, 1999). En teatro, fijaos bien, es autor de El sospechoso , El castillo en la niebla , Dos no riñen... si ninguno quiere , Las tinieblas interiores , El robo , De la gaseosa al champán (representada con éxito de crítica y público en distintos países de Iberoamérica.) Pretende llevar, casi en solitario, la antorcha del humor literario en España. ¡Es más cansado...!. reydesola@arrakis.es

Hay que seguir derecho un kilómetro de vía antes de torcer a los montículos de grava. En medio de éstos, si no tiene cuidado se cae a una hondonada. El Obús rodó primeramente por el talud. Así descubrimos la cueva. De entrada, parecía poca cosa, para que cuatro o seis se quitaran de la lluvia. El Obús no hacía más que quejarse. A las veces volvimos, y sólo por casualidad terminamos encontrando el agujero bajo un saliente al fondo. No extrañaba que no lo hubiéramos visto antes. El Obús era reacio y le tuve que dar ejemplo. Me metí de cabeza y desaparecí. Le oí llamarme, casi lloraba. Cuando volví a salir, me lo encontré intentando trepar por el talud. El pañol me daba ya por muerto. Le agarré de las piernas y caímos. Se enfadó. Me lanzó una puñada y se la tuve que devolver, y así estuvimos hasta que nos cansamos. Luego le dije que lo de dentro era furioso, tremendo, y que cabría la mitad del arrabal. Al entrar con luces después del al otro día, se supo que no tanto. Pero el Obús no quiso desmentirme, que se había sobresalido y estaba orgulloso de haberse arrastrado por el tubo de la entrada, que al principio no quería porque impone. Estaban esos sacos en el suelo y las velas y las cerillas. Allí le daban al negocio, que quién habría pensado particularmente.

Conocimos que eran el Ovidio y la Encarna, que el primero siempre se ha semejado de importante. Cada sábado, anejo a lo que hiciera entre semana, el Ovidio se cambiaba y se peinaba con gomina. Luego se iba por la Encarna y estaban un rato donde el Bateador, que no hay quien le tiemble porque, además de tener una escopeta, es el único en el arrabal que circula monedero y mantiene abierto su tinglado. El Ovidio se pedía café y copa y chupaba un puro. Mientras, la Encarna bebía un vaso de agua. Nosotros ya sabíamos que tirarían para la cueva y andábamos rondando. Ella habría preferido esperar fuera, aunque lloviera. Todo el mundo miraba de reojo. No se atrevían a comentar por el Ovidio, que maneja de largo el metal que lleva en un bolsillo.

Cuando el Ovidio se encendía, que era a la segunda copa, le hacía una señal a la Encarna, que se levantaba de la silla, y salían. El Obús y yo les esperábamos. Por el arrabal no había problema, lo malo era al llegar a la vía, que teníamos que agacharnos entre los raíles. El Ovidio es muy desconfiado y solía girarse.Nos pilló una vez, que adónde íbamos. Cuando se metían en la cueva, nos tumbábamos en lo alto del talud hasta que volvían a arrastrarse fuera. Al alejarse, entrábamos. El Obús se ponía a cuatro patas y olía los sacos.

En una nos tuvimos que subir al antepecho, un hueco justo encima de los sacos, a la altura mayor de la cabeza. De principio, no habíamos reparado, pera la fuerza fue que los sentimos. Se acababan de ir y regresaban. Apagar la vela y ponerse en la hornacina fue lo mismo. Hubo tiempo, que no es baladí cruzar el tubo. Se conoce que al Ovidio se le había espaciado la herramienta y no se escurriera lo suficiente. El caso fue que quiso repetir viaje. El Obús daba pataditas y respiraba hondo de nariz. Le habría partido, que angostos y con las piernas estrelladas sólo faltaba que el Ovidio nos cumpliera. Le crujió éste a la Encarna, que cualquier día la remataba y se lo dijo.

En cuanto se fueron, el Obús gritó. Le tuve que romper la boca, que podían volver y hacer el tripartito. El Obús lo llevó mal, pero era lógico del pánico pasado. Tampoco yo estaba lozano. Nos enzarzamos y cayó el cabo de vela. Cuando nos templamos, volvimos a encender. Al Obús le chorreaba la sangre de las narices. Yo era otro cuadro. Estábamos en paz.

El arrabal, las tablas, las hojalatas emanaban humo. Era un sábado podrido y lloviznaba. El Bateador hacía regular caja, tenía puesta música. De la ciudad subía el copo naranja de las luces. Algunos bajaban, se hacía de plomiza noche.

Nos limpiamos la cara en una acequia. El Obús y yo circulamos. Teníamos coraje. Al sábado siguiente volveríamos y miraríamos desde el antepecho. El Obús se puso del color del cielo, pensó que lo decía de broma. Me manifesté que no, que era verdad. El Obús se quiso marchar a su sitio y le acompañé. No había personas,que estaban a resguardo. Cada cual a su modo, que eran pocos los que dejaban el arrabal el sábado.

Su madre estaba con el Fajardo, que es su tío. Miramos con cuidado por la rejilla, que es por donde mejor se ve. El Fajardo se ponía el cinturón. La Lances estaba extrema y en el suelo, con la cara cruzada por los correazos. Vio a su hijo y le avisó, pero el Fajardo salió y se afianzó con el Obús. Allí mismo lo tiró en el barro, tundiéndole, que le daba con la hebilla. Le cabalgó la Lances al Fajardo por la espalda, y el Obús aprovechó para escapar.

Corrimos y nos metimos detrás en un tonel, a tiro de piedra del cuchitril del lío, que ya el Fajardo se podía desgañitar para llamarle al Obús, que no iba a ser tan tonto de contestarle. El Fajardo arremetió otra vez a la Lances, que berreaba.

El tonel estaba sobre un bulto de botellas. Que no nos moviéramos, dijo conocedor el Obús. El Fajardo tenía oído de felino, aunque la Lances se lo estorbaba a condición. Al Obús parecía que le había pasado por encima un tren de mercancías. Pero no se quejaba. Cuando quiere o le conviene no abre la boca.

En el tonel había una rata muerta. Llevaba ni se sabe, que lo sabía el Obús de fijo. No podíamos verla, sólo el olor. Empezamos a decir que por qué no se la comieron los gatos. Porfiaba el Obús que era por él, que le tenían respeto y se imponía. Yo le dije que habría muerto envenenada y los gatos tienen su instinto, como sabíamos los dos cuando queríamos cazar uno para asarlo, que maullaban como demonios y por eso casi nunca se dejaban. Y si será el Obús que se puso a maullar, que lo hacía entregado y prieto el culo, y con el aspaviento se desequilibró el tonel y empezó a entrar agua, y para no mojarnos recudimos los pies, y se inclinó más el tonel, y las botellas se movieron y cantaron, y tuvimos al Fajardo de seguido, que se puso a repartir como si fuera rico.

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