COLECCIÓN POESIA
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EN LA OQUEDAD DE TU NOMBRE
AUTOR
: Fernando Menéndez
ISBN: 84-935015-5-7
PRECIO: 12 €
AÑO: 2006
NÚMERO PÁGINAS: 112
ENCUADERNACIÓN: Rústica

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INFORMACIÓN:

Es privilegio de los grandes poetas transmitir su experiencia emocional y lírica de tal manera que los lectores la reconozcan y sientan como propia. A través de los años, Fernando Menéndez, una de las voces más personales del panorama poético español, ha logrado, como afirma José Ramón González, que su «poesía enjuta, magra, escueta, vaya calando a golpe de lucidez e inteligencia».

En este libro se publican por primera vez En la oquedad de tu nombre y En el fondo de tu mudez, y se recuperan tres de sus poemarios anteriores: Fondo blanco, Contigo y Sin fondo para que quien pueda compruebe la grandeza de este poeta que ha ido creando con esos golpes de lucidez e inteligencia una obra de enorme altura y plena de significados y sugerencias.

   
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SOBRE EL AUTOR
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Fernando Menéndez (Mieres, Asturias, 1953) el licenciado en Filosofía por la Universidad de Salamanca. Participó en la fundación del grupo poético Aeda, cuyo primer número apareció en 1978. Allí publicó La marea, serie de brevísimas composiciones poéticas de corte minimalista y existencial. Formó parte del colectivo salmantino Orilla izquierda.

Su doble vocación de escritor y grafista le ha llevado a publicar, en limitadísimas tiradas, libros primorosos en que ha utilizado delicadas técnicas artesanales —collage, acuarela, tinta, etc.— e incluso su propia caligrafía: 39 haikús, Caligrafía en el horizonte y Aguamarina son un buen ejemplo.

También ha recogido en una antología—Biblioteca interior (2003)— los aforismos de los más importantes cultivadores del género, en que él también destaca (Dunas, 2004).

   
 

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LA CRÍTICA DICE:

POETA DE LA OQUEDAD Y DE LA SÍNTESIS
(Silverio Sánchez Corredera – LA NUEVA ESPAÑA)

Fernando Menéndez acaba de publicar un libro de poemas, que contiene cinco poemarios: dos nuevos, En la oquedad de tu nombre, que da título al conjunto, y En el fondo de tu mudez, y otros tres libros que ya habían visto la luz anteriormente: Fondo Blanco, Contigo y Sin fondo. Habrá quien pueda leer sus 107 páginas en una hora y habrá quien no pueda cerrarlo y darlo por acabado nunca, atrapado en el enigma de los repliegues de un contar mínimo y de un decir máximo.

Fernando Menéndez es profesor de Filosofía en un instituto gijonés, pero tiene alma de poeta sin remedio…

Viene destacando como el poeta español más importante, seguramente, en la composición de haikús, estrofas originarias de Japón de tres versos, que pugnan por concentrarse al tiempo que persiguen irradiar su máximo sentido, como podemos leer en Plumas de invierno (1994): “Entre los muslos/ corren aguas de mares / y saltan versos”, o en Fondo Blanco (1994): “Me siento contigo / a morir en ti”.

Ha de ser fácil a un profesor de Literatura hacer ver qué es un pareado, una cuaderna vía o un soneto, pero creo yo que ha de ser bien difícil expresar en qué consiste eso que llamamos poesía. Como en los laboratorios científicos, puede hacerse un experimento: Abramos una página al azar de su nuevo libro y leamos: “Dudo de mi palabra / porque escribirte/ no me sublima. // Dudo de mi memoria / porque pensarte / no me compensa. // Vivo mi duda queriéndote / más que mi duda”. Si no nos dice nada, el experimento ha sido fallido: hay quien no tiene oído musical, quien no tiene facilidad aritmética y quien no tiene sentido poético. Pero si el poema nos llega, nos dice algo, no sólo por lo que trasmite, sino porque el sentido nace del mismo modo de decirlo y porque esa expresividad formal consigue captar un sentimiento reconocido (a veces también ambiguo, como el sentir mismo), apresado en un fotograma emocional, que son quizá sentires banales, comunes, cotidianos, fundamentales, pero que han tenido la virtud de ser dichos bellamente, de haber sido puestos en la voz, a través de la magia que añade la sencillez de la palabra poética al simple decir.

La poesía de Fernando Menéndez es un diálogo en soliloquio con la oquedad, con la vida, con el amor que recubre la concavidad de esa oquedad y con la belleza con la que anuda él ambas cosas. Y en ese entreverar vida, amor y belleza, en realidad: oquedad, concavidad y palabra, quien tiene la virtud de ser poeta, o quien sabe degustar la poesía, puede alcanzar esa rara belleza que le prestan las palabras al puro sentir. Ésa es la fuerza del lenguaje, que no se acaba en el lexema, en la frase, en el discurso, porque puede decir siempre de otro modo, decir y al decir poner al descubierto algo no exactamente proferido, sino simplemente dicho en el mismo modo de expresarlo.

Como poeta filósofo que es, si nos vienen sones tenues de Heráclito, Heidegger, Kierkegaard, Zambrano, Nietzche o Pascal, es muy posible que sean más que espejismos salidos de las arenas de las palabras. Pero aun cuando él lo negara, qué más daría. Leemos: “Las dunas, / como los hombres, / se esconden y se escapan / detrás de sus apareceres”, y ¿no están aquí Heráclito y Heidegger a un mismo tiempo? Pero no se trata ahora de buscar la interterritorialidad de la poesía y la filosofía, cuestión algo erudita y, posiblemente, aburrida si no se sabe de qué se está hablando. Además, la filosofía es más, en cierto modo, como la arquitectura o la ingeniería: un saber que pretende construir espacios, mientras que la poesía es más como la comida y como la música: gusta o no gusta (sin olvidar que hay paladares capaces de captar matices escondidos).

Pocas palabras, las mínimas; textos sencillos, sentidos sugeridos en lo que se dice más que dichos propiamente, contrastes de palabras que se contradicen en el decir y de ahí, en paradoja, aprehensión del sentido buscado; mínimum expresivo que se desborda en un sentido diáfano o deliberadamente ambiguo, frases claras como el agua al lado de otras que como enigmas esconden siempre un pliegue de otra posible lecturas, como éste: “Por la sombría y seca / raíz del olivo, / dibujo la verde pauta / del corazón: / un halo de luz y tinta”. Nihilismo del vivir que descubre la belleza, belleza que se recrea en las concavidades del amor, sentir al que finalmente sólo le queda la palabra para captar la belleza, el único bien aprehensible, porque el amor y la vida están yéndose siempre. Ése es el decir poético de Fernando, quien nos ha dado en un poema su autorretrato: “No tengo dudas del verso, / de la materia del hombre, / ni apego a la naturaleza / de la existencia: / metamorfosis del bien y el mal; / como tampoco al juego del arte / y el dinero, / porque margino / la obra de la costumbre / y la mentira”.

Además, como un regalo, el libro viene ilustrado con sugestivos y existenciales dibujos de ese gran pintor que es Kiker. Kiker, amigo de Fernando desde el alba de la juventud, sabe muy bien que sus dibujos se inmortalizarán entre esos versos.

 

2007 © editorial DIFÁCIL. Valladolid, España.
 
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