COLAPSOS. La crítica dice... Carmen Morán Rodríguez en CLARÍN, Nº 65
Ángel Vallecillo, Colapsos, Valladolid, Difácil, 2005.
Voy a intentar escribir una reseña sobre Colapsos, de Ángel Vallecillo, sin decir que es corrosiva (porque lo obvio es inelegante) e intentando más bien explicar cómo y por qué lo es.
El libro se divide en trece episodios más un epílogo. A la cabeza de cada segmento narrativo, una indicación nos informa: “Diez horas antes del Colapso”, “Un mes después del Colapso”, “Durante el Colapso”, “Seis años después del Colapso”... En efecto, la columna vertebral de la narración, a partir de la cual se ramifican multitud de historias, es el colapso económico mundial acontecido en los comienzos del nuevo milenio por obra del misterioso gurú Malcolm La Sal. Un nuevo orden se instaura entonces, una antiutopía de violencia y destrucción. Los saltos temporales –antes y después del Colapso— que imponen los diferentes capítulos resaltan el contraste: de las fiestas en la última planta de un rascacielos al atrincheramiento en caravanas. Cuál fue, exactamente, el mecanismo de esa gran implosión mundial, no llega a saberse nunca, y este es precisamente uno de los golpes de genio del libro, que caricaturiza la irracionalidad casi risible del Sistema mediante el relato de un apocalipsis absurdo que, cuando no da terror, da risa.
En sus Seis propuestas para el próximo milenio Italo Calvino señalaba, como tendencia acusada en la nueva narrativa, la multiplicidad, y recientemente Teresa Gómez Trueba ha comprobado que esta tendencia se cumple, más allá incluso de lo previsto por Calvino, y que no solamente en la novela, sino también en el cine actual, se da “la voluntad consciente de componer una historia unitaria a través de una suma de historias, independientes, paralelas y, aparentemente, desconectadas” . Nuestras ficciones abandonan la linealidad tradicional para explorar modos de narración múltiple, esto es, que supere las limitaciones del relato único, bien mediante el perspectivismo llevado al extremo, bien mediante el despliegue de desarrollos argumentales virtuales, bien mediante la unión aparentemente arbitraria de historias independientes que, sin embargo, convergen en algún punto. Este último es el caso de Colapsos, donde la convergencia a veces no es tal, sino solo un fugaz contacto casual entre dos historias que no volverán a cruzarse. A sus personajes les une claro está, el Gran Colapso. Les une también sufrir sus pequeños y cotidianos colapsos (el insomnio, la angustia de no poder ver un concurso televisivo...). Y en el caos de la trama, fragmentada y fluctuante, les unen hilos tan tenues como haber coincidido en un semáforo (pero, ¿no son esas nuestras más frecuentes relaciones, no podrían ser, tal vez, las únicas?). Hace ya mucho tiempo que sabemos que la forma es el fondo, y quizá para contar el colapso nuestro de cada día no había mejor modo que una escritura de historias descoyuntadas que tratan de avanzar y chocan, ocasionalmente, entre sí. La pericia técnica de manejar distintos hilos es también la manera de sacar no el retrato, sino la holografía, de un mundo inconexo y frenético. Ahora bien, ni la técnica incurre en el alarde, ni el significado de esa técnica en adoctrinamiento o moralina, y el que esta reseña pretenda indagar un poco en lo que hay tras una lectura trepidante no debe hacer olvidar que el libro es muchas cosas (algunas de las cuales trato aquí de esbozar), pero, ante todo, una lectura trepidante.
El cine es omnipresente en Colapsos. También la música (bajo la advocación de Tom Waits: Vallecillo elige bien a sus santos). Pero en el caso del cine las conexiones son mucho más intensas, y rebasan la pura alusión, para diseminarse por el lenguaje narrativo de la novela. En concreto, esta es hermana de sangre (o de celulosa, o lo que sea que tienen en común películas y páginas) de un tipo de cine, el que en los 90 se dio en llamar alternativo, y aun dentro de éste, el vínculo es más estrecho –no es casualidad— con autores como David Lynch o el inevitable Quentin Tarantino, que gustan de subrayar la irrealidad, la naturaleza artificiosa (cinematográfica) de sus películas. No es de extrañar el papel estelar del mencionado Lynch, que con el rodaje de “la mejor obra de arte de la historia del cine”, Angel’s Faith (invención de Vallecillo) pone en marcha una de las muchas líneas narrativas. Además de formar parte de los bastimentos argumentales, el cine se filtra también en cameos como el de Bogart, la lynchiana Laura Palmer o Eddie Murphy –sí, representante de una fórmula cinematográfica banal, repetitiva y masificada... y no hay más que leer la novela para apreciar el sarcasmo de Vallecillo al invitar a la estrella a su ficción (me ronda peligrosamente escribir: corrosivo, mas me mantendré firme). Pero más allá de la inclusión del rodaje ficticio de un director real en el argumento, y de las ocasionales apariciones más o menos crueles, toda la novela está impregnada de un sabor cinematográfico muy especial, que se desprende de los nombres de sus personajes (Malcolm La Sal, Benicio Vander... “suenan” irremediablemente a “película americana”), de los escenarios (Manhattan, siempre; Salt Lake City, “las putas fiestas de Florida”, un pueblo llamado Harvester Crow, la 44 y la 46...), e incluso de no pocas frases (“Escuche amigo: he barrido a miles de tipos en mi vida, y ninguno ha vuelto de la tumba para joderme”). No se trata simplemente de un recurso a la moda, lo que –no hay por qué negarlo— ya haría de Colapsos una lectura apetecible a día de hoy: la apelación constante al cine tiene una función desrealizadora y esta, a su vez, una importante carga crítica hacia nuestro mundo (¿un mes antes del Colapso? ¿un par de años después?). Vallecillo nos entrega un libro que no aparenta estar hecho de la vida real, sino de sus reflejos (el cine, la literatura), pero acaso ese mundo real tampoco esté hecho, al fin y al cabo, de otra cosa. Esta sospecha pone a Vallecillo en el camino –on the road— de los narradores de la next generation, que tanto aprendieron de los maestros de la posmodernidad norteamericana (Don DeLillo, Thomas Pynchon).
He cumplido mi propósito de no calificar de corrosiva la visión que Colapsos da de un mundo no demasiado diferente del nuestro, al poner al descubierto, con fosforescencias, su incoherencia y su banalidad (¡tan fascinantes, a pesar de todo!). Permítanme, a cambio, una concesión final a lo que a estas alturas es una obviedad: decir que es Colapsos es una novela estupenda.
Carmen Morán Rodríguez en CLARÍN, Nº 65
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